Sunday, August 22, 2021

Entre astronautas y luces blancas

Por suerte mi turno ya casi termina. Las luces de este lugar son insoportables, ni que hablar del sonido, intermitente pero interminable, que me aturde. Ya casi son las ocho de la noche, aunque llevo pensando eso desde las siete y media y el reloj parece estar congelado. Cuanto más lo miro más lento avanza, cuanto más le imploro a las agujas, más me duelen las piernas por estar parada.

Mi mente está ya en mis amigas con las que me voy a juntar en breves, no en los pacientes que tengo a mi cuidado. Por suerte no los conozco, porque de ser así estaría muy triste. Me doy una última vuelta por la sala, para asegurarme de que todos estén bien, no vaya a ser que después se me arme un problema. Todos van a salir de aquí pronto, ya sea porque están curados, o no. La estadía no es muy larga y suele ser amarga, así que no me doy el lujo de conocerlos, y aunque quisiera sería difícil, entre tanto equipamiento, respiradores y máscaras de oxígeno. ¿Qué estaba haciendo? Miro el reloj y ahora sí son las ocho, ya llegaron mis compañeros de la próxima guardia. No me gustaría ser ellos en este momento.

Hacemos el pase de guardia, les comento la información relevante, pero lo más importante, ellos entran y yo salgo. Estoy un buen rato sacándome todo el equipamiento, además de ser algo tedioso, debe hacerse con sumo cuidado. Esto me roba unos cuantos minutos de mi tiempo libre, unos minutos de sobra estando en este lugar tan monótono y frío. Bajo las escaleras tranquilamente hasta que llega el mejor momento del día, ese en el que doy un paso atravesando la puerta principal. Camino unos pasos nada más y arrojo en la basura más cercana mi tedioso tapabocas descartable que uso en el trabajo.

Ya es de noche y la luna brilla, es de esas noches calurosas de un verano que ya se fue pero se niega admitirlo. Me arrimo a la parada y me coloco mi tapabocas de tela para esperar el ómnibus, que no demora en pasar. Me subo y por suerte no hay mucha gente, ya es un poco tarde y es un martes cualquiera. Al menos para los demás, ya que en mi caso tengo libres las mañanas de los miércoles, convirtiendo este día en un casi viernes. Excepto si le veo la cara a los otros pasajeros.

Me siento al fin contra una de las ventanas, mis piernas se alivian y me recuerdan lo cansada que estoy. Miro mi reloj, ya son casi las nueve. El tiempo se escurre como agua entre las manos, día tras día en la monotonía. Tomo mi celular y tengo algunos mensajes, mis amigas ya están en el bar donde quedamos en encontrarnos. Miro la foto que me enviaron y sonrío, al fin las veré después de tanto tiempo. Espero que Alicia haya llevado las cartas, jugar al Truco debe ser de mis actividades favoritas en la vida. No lo voy a admitir abiertamente porque la gente me miraría raro, pero la diversión que una puede tener con sus amigas y las cartas es difícilmente encontrable en los convencionales “placeres de la vida”.

Veo pasar la ciudad por la ventanilla mientras me pierdo en mis pensamientos. Qué cansada que estoy. Logro ver entre las edificaciones opacas de la avenida un pequeño bar con las luces encendidas, me tengo que bajar. Detengo el ómnibus desde la puerta de atrás y me bajo. Al fin me puedo sacar el tapabocas, me pregunto cómo irán a quedar mis orejas.

Camino una cuadra cuesta arriba hasta que llego al pequeño bar que tiene unas escaleritas en su entrada, un pequeño balcón y una parte cerrada. Cuando toco el primer escalón con mi pie derecho, me digo a mi misma que por este rato debo dejar los problemas del trabajo afuera. Las máquinas, los pacientes, mis compañeros, no entran conmigo. Termino de subir las escaleras y paso por la puerta, logro divisar a mis tres amigas sentadas en una mesa adentro. Por suerte el lugar parece bastante vacío. Sonrío para mí mientras me dirijo hacia la mesa, es increíble que hayamos mantenido nuestra amistad desde el infernal liceo hasta la tercera década de nuestras vidas. Llego al fin hasta donde están y las tres me miran y me sonríen ampliamente. Es en estos momentos que nunca sé cómo debería saludarlas, si con el puño, la mano, o qué. Mis dudas son evacuadas por Alicia que se levanta y me brinda un apretado abrazo. La verdad que es un alivio. Se lo devuelvo, la aprieto con fuerza, en parte porque la extraño y en parte para liberar un poco las tensiones del día.

Insisto en que las demás no se levanten y las saludo con un beso en el cachete a cada una, me siento al lado de Alicia y enfrentada a las otras dos.

Alicia a mi lado es una muchacha castaña y con el pelo un poco ondulado, un poco pálida, con muy buenas vibras y ondas de paz y amor. En diagonal mío se sienta Lisette, tiene el pelo negro y bien largo y la piel dorada, siempre me pareció un poco egoísta pero aún así hemos estado la una para la otra en los momentos difíciles. Situada justo enfrente mío está Matilde, tiene el pelo bien rojo y muchas pecas, si bien se cree el centro de atención y puede ser molesta, siempre ha demostrado ser una excelente amiga.

Observo que hay tres vasos vacíos en la mesa y uno lleno de cerveza enfrente mío. Me tomo mi vaso lo más rápido que puedo y pedimos otra ronda. Lisette dirige su mirada hacia mí y me dice:


- “Estábamos pensando, Vale, vos que la tenés clara. ¿Cómo la ves esto de la peste?”


- “Bien, allá los pacientes que tenemos críticos son todos gente mayor, así que nosotras tranquilas gurisas que somos jóvenes.”


- “Bueno, ni tan jóvenes.” agrega Alicia y nos reímos todas. “¿Sale truco?”


- “Sale.” decimos casi que al unísono.

Gracias Alicia por traer las cartas, pienso. Siempre tan genial. Hacemos los equipos como estamos sentadas y empezamos la partida.

Pasan las manos y viene la otra ronda de cerveza, la partida es pareja pero Lisette y yo llevamos la delantera. Cuando queda poco por definir el ganador, viene un grupo de gente de afuera y se sienta justo en la mesa al lado de la nuestra. Esto me pone un poco nerviosa, si bien este virus es casi que inocuo para nosotras, esto me parece un riesgo innecesario. Pasan algunas manos y cometo un par de malas decisiones, que llevan a que Matilde y Alicia ganen la partida. Lisette me mira con cara inquisitiva, como preguntándome qué me sucede. Desde que llegó esta gente no puedo concentrarme en otra cosa que no sea su inapropiada cercanía. Les digo a las demás, un poco por lo bajo:


- “¿Qué les parece si nos movemos de lugar? Esta gente está muy cerca y hay una mesa libre afuera.”


- “Tranqui, bajá un cambio. Vos misma dijiste que no pasa nada, no da para perseguirse.” me responde Matilde.


- “Vale y su vocación de servicio, siempre cuidándonos. Tranqui que no pasa nada.” dice Lisette.


- “Bueno... ¿jugamos otra?” les digo


- “Y pedimos otra.” dice Alicia y todas nos reímos un poco.

Pasa el mozo y pedimos otra ronda. Quizá tengan razón, quizá me acaba de invadir el espectro del trabajo y estoy exagerando. Pienso en los pacientes que tenemos y es cierto, son todos gente mayor, mejor me dejo de perseguir, había quedado en que lo profesional no entraba al bar conmigo.

Pasaron las horas, las cervezas y las partidas de truco. Al llegar la una de la mañana el lugar está repleto de gente, y eso que es martes. Deben ser las cervezas pero la realidad es que poco me preocupa. Pagamos la cuenta y nos vamos todas en un taxi que nos va dejando en nuestras casas.

Me levanto al otro día con dolor de cabeza, pasan los años y la resaca se hace cada vez peor. Miro mi reloj, ya son la una de la tarde y tengo que entrar al trabajo a las dos. Me visto lo más rápido que puedo, no tengo tiempo para almorzar por lo que un café con leche y una tostada van a tener que ser suficientes. Salgo de mi casa, siempre con el bendito tapabocas, y sigo con la rutina eterna. Espero el ómnibus con una cara seria y un humor terrible. Es otro día menos para mí. Me subo al ómnibus, miro los mismos lugares por la ventanilla, me bajo y me subo a otro ómnibus, siempre mirando por la ventanilla, hasta que al fin me bajo y llego al trabajo.

Miro el reloj y son las dos en punto, no es que sea tarde pero aún debo colocarme mi equipo. Subo esta vez por el ascensor, llego al vestuario y procedo con el fastidio de vestirme casi que de astronauta. Luego paso a otra sala donde están mis compañeros que terminan su guardia, es el pase de guardia y ellos nos están contando a los que entramos el estado de los pacientes de hoy. Hay dos pacientes menos que ayer, no sé si se recuperaron, o no. Nunca lo sé si no es en mi turno, tampoco me pongo a preguntar.

Entro a la sala con los pacientes y empiezo a recorrerla. Veo que hay alguien en una cama que nos dijeron estaba libre. Me acerco hacia la persona para verla y noto que es una mujer joven, aproximadamente de mi edad. Está acostada en su camilla, con una máscara de oxígeno, está pálida y parece muy frágil. Tiene la peste. Me mira con sus grandes ojos beige que me hacen acordar a los míos. Toda su persona me hace acordar a mi, su edad juvenil, sus ojos, su cara bronceada y su pelo negro. No puedo aguantar mirarla por más tiempo, siento un peso en el estómago y experimento la sensación de que todo gira a mi alrededor, escucho un zumbido en mis oídos, las luces parecen estar más fuertes que nunca. Antes de desmayarme y que la gente se ría de mí, me aparto de la muchacha a paso acelerado y me traslado hacia el estar de enfermería. Me siento en la primera silla que encuentro y me coloco mirando el suelo, con los codos en mis rodillas. Las palabras que les dije ayer a mis amigas, sobre la gente joven, retumban en mi cabeza.

Uno de mis compañeros, creo que es Mauricio, se acerca y me pregunta si estoy bien. Le contesto que sí, que no comí mucho, que debe ser eso. Me dice que si quiero bajar a la cantina a comer, él me cubre, pero le digo que no se preocupe, que ya me reintegro. Me sonríe y vuelve a la sala.

Debe ser que comí poco y la cerveza de noche, pienso para mi entre un esbozo de sonrisa. Descanso unos minutos en la silla y ya me siento mejor, por lo que vuelvo a mis tareas. Sorpresivamente la muchacha ya no está, no sé qué habrá pasado.

Pasan las horas de mi monótono trabajo hasta que al fin llegan las ocho y es momento de irme. No tengo tanta suerte los miércoles, sabiendo que el jueves tengo que poner el despertador a las seis en punto de la mañana. Como siempre voy al pase de guardia, hablo con los miserables que les toca entrar, salgo del hospital, dos ómnibus después y estoy en mi apartamento.

Estoy exhausta del día, mis piernas revientan, mi cabeza explota de dolor y tengo muchísima hambre. Me preparo un refuerzo de fiambre y disfruto de un buen helado de dulce de leche de postre, otro de los placeres de la vida. Termino de cenar, lavo los platos y me apronto para acostarme. Me gusta sentarme un ratito al borde de la cama antes de dormir, mirando por mi ventana la noche tranquila, escuchando el silencio de mi pequeño hogar. Al terminar el día encuentro una paz difícil de replicar. Antes de acostarme tomo un analgésico porque no para de dolerme la cabeza, apago la luz y apoyo mi cabeza en la almohada.

Suena la maldita alarma a las seis en punto. Apenas puedo abrir los ojos, algo no anda bien. Estoy hirviendo. Si fuese una caldera debería emitir un sonido agudo en este instante. Prendo mi portátil, abro un cajón de mi mesita de luz y recojo mi pequeño termómetro. Es de Mercurio, de esos que ya no hay, creo que me lo dio mi madre. En fin, lo coloco debajo de mi axila y espero los cinco minutos recomendados, lo retiro y mis sospechas se confirman: treinta y nueve de fiebre.

No son todas malas las noticias. Llamo a mi trabajos y les informo de la situación, ellos insisten en que me quede en mi casa por prevención. No planeo retrucar. Si bien no debe ser nada, mando mensajes al grupo con mis amigas para que tengan precaución, ya que si se trata de la peste puedo haberlas contagiado. Le aviso a mi madre que no la voy a poder ver en estos días como habíamos quedado. Tampoco me molesta, últimamente se me estaba haciendo un poco tedioso.

Me siento tan mal que aún consumiendo analgésicos y antipiréticos como si fuesen pop, paso la mayor parte del día acostada. Cada tanto me levanto a darme una ducha, quizá así me baje un poco más la temperatura, aunque dudo que realmente sea útil. Pasan los días y mi frecuencia de duchas disminuye, es abundante la fatiga que siento al dar cada paso que ya ni vale la pena, además mi fiebre sigue alta. Me levanto más que nada para ir a comer, aunque tenga poca hambre, y sobrevivo a base de enlatados. Mis amigas me enviaron mensajes el primer día, pero luego parecen haberse olvidado de mí, todas excepto Alicia. No las culpo, si supieran lo mal que estoy pasando quizá se preocuparían un poco más, o al menos eso me gustaría pensar.

Al octavo día de este estado deplorable, me levanto de la cama hacia la cocina para prepararme un sándwich y noto que llego a la cocina desesperada por aire. Abro las ventanas y respiro rápido por la boca, estoy jadeando por dar unos pasos dentro de mi casa. Algo no anda bien. Llamo a mi sociedad médica y les cuento de mi situación, la muchacha que me atiende parece desconcertada y nerviosa, me dice que enviarán una ambulancia de inmediato. Deben haberla contratado hace poco, no es para tanto.

Pasan tan solo minutos hasta que el timbre suena. Atiendo por el comunicador y le digo al médico que suba, ya que puedo darle entrada al edificio desde arriba. Abro la puerta de mi casa y espero sentada en una silla en mi pequeña mesita del comedor, entra poca luz desde afuera, debe estar nublado. Veo las luces del ascensor y el médico se baja del mismo y entra en mi casa. Es una muchacha, no logro divisar su edad. Está vestida de astronauta, como yo suelo hacer en mi trabajo. Se acerca con cautela hacia mí y me observa con los ojos grandes, me siento un bicho raro. Luego de una meticulosa observación y un par de preguntas, me dice con su dulce voz unas palabras crípticas:

- “Te venís conmigo.”

Asiento, no tengo mucha fuerza para hablar, y eso incluye hacer preguntas. Antes de salir de mi pequeña morada, tomo mi celular y un bolso, dentro del cual solo coloco un pato de peluche que hace tiempo me había regalado mi padre. No creo que necesite nada más.

Me coloco uno de mis dichosos tapabocas descartables, salimos de mi apartamento y lo tranco. Bajamos ambas por el ascensor, salimos del edificio y subimos a la ambulancia. Me siento dentro de la misma y me colocan una máscara de oxígeno, hace mucho tiempo que no me sentía tan bien. Siento que puedo respirar más lento y con menos esfuerzo, hasta estoy más despierta, casi como si fuera el café de la mañana. Cierran la puerta de la ambulancia y arrancamos hacia el hospital. No estoy segura de si llegan a prender la sirena o escucho alguna que suena por la calle. Es gracioso, hasta en mis días libres termino volviendo a mi lugar de trabajo.

Llegamos a la puerta de la emergencia y me bajan, ya en una silla de ruedas así no tengo que hacer más esfuerzo del necesario. Me ve otra doctora, que también está vestida de astronauta. Si bien sus ojos están muy lejos de los míos, en una dimensión paralela dentro del traje, noto que está sorprendida por mi estado. Colocan una vía venosa sobre mi brazo para los medicamentos y un saturometro en mi dedo para evaluar mi nivel de oxígeno. Prefiero no saber qué drogas me están colocando, ni cuál es mi saturación de oxígeno, solo quiero irme lo más rápido posible. Aún así, juzgando por los nervios de los astronautas a mi alrededor, mejor me pongo cómoda. Me hacen un test rápido y se termina de confirmar, efectivamente tengo la peste.

Me suben por los ascensores a la misma unidad en la que trabajo. Vuelvo a las luces intensas y los ruidos interminables aún en la enfermedad. Debo estar mal para que me coloquen aquí, pero al menos ahora puedo estar acostada y descansar un poco. Peor debe ser estar trabajando. Estoy muy cómoda aún con la goma de la máscara especial del oxígeno. Interesantemente, noto que estoy en la misma camilla en la que la muchacha joven se encontraba el otro día, ¡qué casualidad! Habrá sido el otro día pero podrían haber pasado años.

Veo a los astronautas ir de un lado para otro, mis colegas y médicos. Espero que los que tengan que cuidarme a mí no sean tan fríos como yo. Creo que logro reconocer a alguno de los enfermeros.

Pasan las horas y aprovecho para dormir, descansar. Cada tanto uso el celular con la mano libre de vía, pero nadie se ha contactado conmigo el día de hoy. Tampoco le he dicho a nadie en dónde estoy, no vaya a ser que se preocupen. Solo he mandado un mensaje, al grupo de mis amigas, un vago texto sin gracia informando que estoy con la peste, que deben aislarse e hisoparse todas. Por suerte fueron las únicas personas que he visto estos últimos tiempos. Lamento el fastidio que deben tener que atravesar por mi culpa, espero que no lo tomen a mal.

Pasa el tiempo y comienzan las horas de la noche, con esto la cena, que es un asco. No he tenido mucho contacto con mis cuidadores, lo que es entendible, hay pacientes más graves y yo me encuentro estable. Además, suele escasear el personal. Alterno entre dormirme y despertarme por horas, con el ruido de los aparatos se me dificulta conciliar el sueño. Me despierto en un momento de la noche, miro el celular y veo que son las cuatro de la mañana. Una de las enfermeras se acerca a donde estoy yo. Es una muchacha joven, parecida a mi y a la muchacha que vi en la camilla la otra vez. Debe ser nueva. Se para al lado mío y me observa detenidamente. Hacemos contacto visual, tanto como se puede. Sé lo que se siente, verse reflejado en una persona con un estado tan deplorable como el mío. Sin decirme nada, se retira. La verdad es que lo lamento, porque me estoy sintiendo muy sola. Me hubiese gustado aunque sea un poco de conversación, alguna sonrisa, algo más que una mirada llena de pena a través de ese traje intimidante.

Al otro día mi rutina sigue igual. Descanso, ingiero alimentos e intento distraerme con mi celular. En este día comienzo a agarrar mi peluche cada tanto y lo apoyo contra mi pecho unos segundos. Cuando lo hago, calma mis nervios, y es recién ahora que me detengo en mi ansiedad. A decir verdad, estoy muy asustada. Tomo mi celular y al fin le comunico a mi madre dónde es que estoy y qué me está pasando, también a Alicia.

Puede desvanecerse el mundo, pero estas personas nunca podrán faltarme. Ambas me llaman pero decido no atender, no quiero romperme en un llanto explosivo, ni decirles que no me pueden venir a ver. No quiero que oigan mi voz sin fuerza.

Pasan las horas y me entretengo observando a los astronautas ir de un lado para el otro, mientras que también duermo. A eso de la mitad de la noche me vuelvo a despertar, puedo empezar a acostumbrarme. La misma enfermera de ayer se acerca de nuevo y vuelve a observarme. Detesto su mirada sobre la mía, me siento tan débil. Quiero explicarle que esta no soy yo, que yo soy fuerte y trabajo tanto como ella, que mi belleza es tal cual como la de ella, tan pronto me recupere. Mientras me observa, sin hablar, la enfermera pone su mano alrededor de la mía. La siento tibia a través de sus guantes, pero más que eso cálida. La aprieto con la poca fuerza que aún tengo. Siento que mi espíritu toma un vigor renovado, como si tuviese un fuego en el lugar de mi corazón, y por primera vez en días, sonrío. Noto las facciones sonrientes de la enfermera a través del equipo de protección, lo cual retroalimenta mi propia felicidad. No necesito más que esto.

Al cabo de los días mi situación lentamente empeora. Los astronautas comienzan a prestarme más atención y a reunirse alrededor de mi camilla. Mientras tanto, les aseguro a mi madre y a Alicia que mi evolución está yendo cada vez mejor, aunque las noto cada vez más preocupadas. ¿Estarán viniendo al hospital? Todas las noches la enfermera joven se sienta a mi lado y acaricia mi mano por un tiempo considerable. A veces dudo, más allá de la tecnología y la ciencia, de si no es esto lo que previene que mi delicado estado de salud termine de colapsar.

Un día la situación no da para más. Aún con la asistencia actual de oxígeno, me siento igual que como estaba en mi casa antes de partir hacia aquí. Se reúnen entre astronautas y quizá algún alien alrededor de mi camilla y comienzan preparativos. Voy a necesitar ventilación mecánica, lo he visto un montón de veces.

Los días que le siguen están envueltos en un aura de misterio. Me veo envuelta por la pérdida de la vigilia de la sedación, mi cuerpo tan solo concentrado en recibir la asistencia respiratoria y poder zafar de esta. No sé cómo lo sé, pero estoy segura de que todas las noches viene mi enfermera y acaricia mi mano por largas horas. He pensado mucho en esta estadía en el hospital. ¿Por qué recuperarme y volver a la vida? ¿Por qué volver a esa monotonía del trabajo? Esa rutina que tanto desprecio, tengo una oportunidad única de librarme de ella de una vez por todas. Aún así, elijo quedarme. Elijo quedarme y aferrarme con fuerza a esta vida gracias a mi enfermera. Ella me ha dado una razón para volver a poner los pies en este mundo indiferente: quiero ser como ella. Se acabó el tiempo de deambular por la vida, esperando que los días pasen. Se acabó mirar los días con la apatía del desprecio. Después de mi recuperación, que sé que lo lograré, encararé la vida que me ha tocado como la encara mi enfermera, todas las noches, en todos los turnos. Estaré ahí para los otros seres humanos, mis pacientes, que son iguales a mi en lo que importa, pero lo más importante: me necesitan desesperadamente. De la misma forma que yo necesito a mi enfermera, que tome mi mano todas las noches, ellos me necesitan a mí. Pues eso les daré. Cuando llegue el día y pueda volver al trabajo, no se verá desde fuera por mi bendito tapabocas, pero me subiré al ómnibus con una enorme sonrisa. Será otro día más.

De la nada despierto. Estoy parada en la sala con mi equipo del trabajo. Me alegra haber vuelto, me siento mejor que nunca. Estoy parada al lado de una muchacha joven que me recuerda a mí, está intubada y con respiración mecánica. La observo con cariño y pena, se ve realmente muy frágil. Miro su celular a su lado, tiene varios mensajes de su madre y de una amiga llamada Alicia. Parecen las dos muy preocupadas, lo cual es una pena, ya que sus constantes vitales recién se han apagado. La reanimación es inútil en este caso, tampoco hace milagros. Le tomo la mano como vengo haciendo hace días y sonrío. Es hora de irnos.

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Este cuento fue enviado el 28 de enero del 2021 para el concurso "100 años de Amanda Berenguer" organizado por la Casa de los escritores del Uruguay y obtuvo una mención. 



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