Tuesday, November 30, 2021

Mi amigo y el café

Abrazo fuertemente a mi amigo, lo sostengo unos segundos y luego lo suelto. Nos sentamos los dos al fin, hace tanto que no nos veíamos. El entorno es de otro mundo: el verde lo decora todo, los árboles y su copa cubren al sol con gentileza, dejando filtrar solo algunos rayos, como para no olvidarnos que él sigue allí. Además, estos tímidos destellos causan el resplandor de las hojas color ocre que yacen con calma adornando el pasto a nuestro alrededor. El aroma a café inunda todo, y eso que es un lugar abierto. El mismo se entremezcla con la fragancia mentolada del eucalipto, para así terminar de complacer las expectativas de los sentidos. Después de una breve ojeada al menú, yo pido por los dos. No tiene sentido preguntarle a él qué quiere, ¡nos conocemos tan bien! El tiempo es una aguja que se mueve, o es una preocupación para mirarnos al espejo y contarnos las arrugas, o es el misterio que comprenderemos justo antes de que se apague al fin nuestro farol vital. Sea lo que el tiempo fuere, para nuestra amistad es lo mismo que la sombra que deja el viento cuando se sienta a descansar: lo mismo que la nada.  

 

-       “¡Al fin volviste! Te extrañé bo.”  

 

Veo como se sonroja ante mi comentario. Sus ojos grandes y penetrantes brillan y su sonrisa tímida causa una reciprocidad inevitable en mi rostro. 

 

-       “Volví, sí. Ya era hora, ¿no?”  

-       “Bueno, pero contame todo. ¿Cómo has pasado todo este tiempo? ¿Por qué era que te habías ido?”  

-       “¡Te dije que iba a tener poca conexión!”  

-       “Sí, es cierto. Creo que subestimé lo que “poca conexión” realmente quiere decir. Contame un poco, algo del lugar, tu tiempo por allá, por qué volviste, todo quiero saber.”  

-       “Estás igual flaco, ¡una cosa a la vez! Mucho frío pasé, ¿sabés? Nos quejamos del invierno de acá, pero no sabés lo que un viento gélido penetrante, o lo mismo ver el agua congelada. ¡Somos unos bacanes!” 

 

En eso llegan los dos capuchinos que pedí. Veo el humeante vapor y me detengo a apreciar la espuma de la leche, además del siempre interesante dibujo que el barista hace.  

 

-       “¡Salud! Por tu regreso.”  

-       “¡Salud!”  

-       “Sobre tu familia, ¿cómo está? ¿Los has visto?”   

-       “Vos sabés que no. No sé si me da la fuerza para verlos, después de todo este tiempo. 

Capaz que lo mejor es evitarlos. Apenas vine lo primero que hice fue venir a verte. Además, extrañaba nuestras charlas, qué mejor que tomar un café calentito cuando el otoño empieza a dar señales de que va a empezar a refrescar. ¿Habrá algo más lindo que el olor al café recién hecho? Pero mejor aún que la bebida es con quien se comparte.”  

 

Ahora el que se sonroja debo ser yo. No tengo forma de comprobarlo, pero hasta lo deseo, no vaya a ser que esté hecho de mármol.  

 

-       “Seguime contando entonces, ¿hiciste algún amigo por allá?”  

-       “Vos sabés que no.”  

-       “Mirá que me podés decir, ¡no hay celos!”  

-       “No, es en serio. La gente allá es bastante rara. Es como fría, distante, siempre perdida en sus propios asuntos y no le dan corte a nada. A veces parecen robots, deambulando dentro y fuera de sus mentes. Digo la verdad cuando digo que me has hecho mucha falta.”   

-       “La verdad es que hablás como si no la hubieses pasado muy bien.”  

-       “Es que así es. No la he pasado nada bien.”  

-       “¿Por qué te fuiste entonces? ¿Por qué no volver antes?”  

-       “Me fui porque no tuve otra opción.”  

-       “¿Por qué? Nunca supe la razón.”  

-       “Hay cosas que es mejor no saberlas. Lo importante es que ahora estamos los dos acá reunidos.”  

-       “Sí, claro. ¡Tenés toda la razón! No me voy a amargar ni un segundo, menos cuando recién llegaste. No me has dicho porque volviste, debe haber alguna razón.”  

-       “Volví porque vos me llamaste.”  

-       “¿Yo? Debe haber sido otra persona, si era imposible comunicarme contigo.” 

-       “No, no. Fuiste vos. Y te comunicaste conmigo perfectamente, ¿no querías que volviera?”  

-       “Sí. Quería que volvieras con todas mis fuerzas. Recé, prendí velas, ¡lo que nunca antes había hecho!”  

-       “Ahí tenés. A veces hay más de una forma de comunicarse, ¿no?”  

-       “Supongo que sí. Pero ya que estás acá, podés aprovechar para hacer otras cosas. Te puedo mostrar el lugar donde estoy viviendo ahora, te puedo presentar a mi nueva familia. Podemos pasear por algún lado, ¿te acordás cuando nos íbamos todos juntos al balneario? Podemos repetirlo si querés, ya que estamos.”  

-       “Me acuerdo sí. Qué lindos momentos, ¡cómo olvidarse! Cuando el Sosa se cayó de la bicicleta, o cuando nos quedamos sin pan y tuvimos que ir a buscarlo de noche entre la lluvia. ¿Te acordás cuando nos fuimos caminando, sin dormir, hasta el balneario vecino que quedaba cerca? Hacíamos lo que queríamos y nadie nos decía nada. Teníamos una libertad absoluta, de la que nunca volví a disfrutar, ni siquiera de una imitación mal hecha.”  

-       “Me emociono con todos esos recuerdos. Teníamos dos tesoros, nuestra libertad y a nosotros mismos, pero no éramos conscientes de ello. No me contestaste entonces, 

¿qué tenés ganas de hacer? Estoy a tu disposición.”  

 

Ante mi pregunta, su cara se volvió opaca y sombría. Conozco muy bien esa cara, era la misma con la que me decía cuando éramos chicos que su madre no lo había dejado quedarse a dormir, o cuando me contaba que no iba a poder venir a jugar al fútbol porque no había terminado los deberes. Después de la cara premonitoria, al fin se dignó a decirlo:  

 

-       “Me voy a ir.”  

-       “¿A irte? Pero si recién llegaste.”  

-       “Vine a verte. Vine a gozar de unos minutos de felicidad plena, pero ya se me terminó el tiempo y tengo que irme.”  

-       “No, ¡recién llegaste! Por favor no me digas eso, no entiendo nada.”  

-       “Perdón. Cuidate mucho y espero poder volver a verte.”  

 

Dicho esto, veo como su figura se desvanece ante mis ojos. Donde antes había una persona, el espacio se llenó de un aire impasible. Miro mi taza de café y me responde un mísero fondito, pero la taza de mi amigo está llena y ya se enfrió. Veo el asiento vacío que me desafía y me hace saber que no se va a terminar la taza. Miro al cielo, como buscándolo, pero lo único que encuentro son nubes grises e indiferentes, que tapando el cálido sol me envían sin piedad las primeras gotas de una llovizna. Una brisa rebelde levanta las hojas otoñales de su parsimonia en el suelo para llevarlas por ahí en un tumultuoso remolino. Dejo unos billetes sobre la mesa, me levanto y emprendo mi caminata, ostensiblemente hacia mi casa. No sé dónde está mi amigo, pero tengo la sensación de que siempre será un misterio, quizá nunca lo sepa ni lo vuelva a ver nunca más. Una lágrima tímida sale de mi ojo, pensando que puede camuflarse entre la llovizna. No se da cuenta de que dentro de sí, carga con un maremoto.  

Esto fue lo que pasó en la librería

Nadie  sabía qué era lo que sucedía en la librería. Yo fui solo una vez y no me pareció nada del otro mundo, pero sé que hay gente a la que ...