Friday, January 28, 2022

Feliz Felisberto. (Vidas comunes I)

Feliz Felisberto. 
 
No era fácil el trabajo de Felisberto. Si bien no requería de conocimientos sofisticados ni habilidades físicas exuberantes, sí necesitaba de un temple mental singular. Su labor la ejercía todos los fines de semana: formaba parte del engranaje que era la seguridad en los partidos de fútbol. Pero Felisberto no pertenecía a los supuestamente privilegiados, aquellos que permanecían de pie en las gradas y esencialmente disfrutaban del partido. 
 
Felisberto pertenecía a otra cepa. Él debía implantar sus pies en el mismísimo pasto. De espaldas al espectáculo: era su deber vigilar a la bestia a veces salvaje alojada en las tribunas. 
 
La gente lo miraba con muchos ojos. A menudo con indiferencia, como un árbol más dentro del bosque. Otras veces con desdén, como suele suceder con figuras posiblemente coercitivas. Aún así, el sentir más habitual era el de una profunda lástima, acompañado en algunos casos por una admiración profunda. Estos seres empáticos no conseguían descifrar cómo Felisberto podía soportar su situación. Paradojalmente cruel, Felisberto estaba ubicado en el más sagrado de los lugares, con sus gastados zapatos sobre el césped. No obstante, el acceso a este punto traía consigo el deber de no mirar el partido. Miles de personas se habían trasladado y desembolsado una considerable suma de dinero para estar ahí, y tantos otros pagarían fortunas por el lugar de Felisberto, si tan solo pudiesen hacer algo tan simple como darse la vuelta. 
 
Felisberto comprendía esta visión, a veces transmitida a su persona en algún asado, pero no la compartía. No solía dar muchas explicaciones, simplemente asentía con su simpatía habitual y hacía el papel de desdichado. Se rumoreaba que de tanto en tanto le obsequiaban valiosas entradas, que Felisberto amablemente rechazaba, o para no quedar mal, aceptaba y simplemente no usaba. 
 
Lo que el resto de los mortales no asimilaba es que Felisberto contemplaba su propio espectáculo. Por allí, en la tercera fila un tanto a su izquierda, una familia solía tomar mate. Tenían maquillajes elaborados, gorros, las últimas camisetas y una corneta insoportable que le habían dado al niño chico a capricho. Antes de que empezara el partido los niños se volvían incontrolables y correteaban por ese mundo de escaleras pintadas como si no hubiera mañana. Un tanto más alejado, en el mismo plano que Felisberto, a la altura del decimoquinto anillo (los conocía de memoria) se sentaba un hombre mayor solo con su radio. Felisberto lo observaba detenidamente y no estaba seguro de que este tuviese alguna capacidad visual, pero aún así allí estaba. En la primera fila, un pelín a la derecha de Felisberto, una pareja joven miraba el partido con concentración. Ya conocían y saludaban a Felisberto por su nombre, una suerte de comunidad vecinal que el tiempo y la constancia habían engendrado. A todas estas y otras personas Felisberto observaba los fines de semana, incansables hinchas. 
 
Además, no era del todo cierto que Felisberto se perdía el espectáculo sobre el césped. Él observaba detenidamente las señales que de forma indirecta lo ponían en la cancha. El padre de la familia puteaba a los cuatro vientos, seguido de una mirada fulminante y fútil de su pareja para que pensara en los niños. Esto no indicaba nada del resultado, ya que lo hacía todos los fines de semana. Los hijos ya conocían cada palabrota habida y por haber. Cuando una gurisa que se sentaba atrás del todo se agarraba la cabeza es porque el partido andaba complicado. El viejo de la radio apenas se movía, pero sus sutiles muecas eran un fiel indicador de lo que estaba pasando. El muchacho de la pareja que estaba cerca de Felisberto estaba siempre preocupado y aumentaba la frecuencia de las cebadas a medida que pasaba el tiempo, sin importar cuánto marcase el tablero electrónico.
 
Aún así, todo este espectáculo paralelo era tangencial para Felisberto. El instante en el que todo valía la pena era el gol. Este era el verdadero festival que este hombre atesoraba en sus recuerdos. Nadie era indiferente ante el gol. Saltos, revoloteo animal de los brazos, abrazos para acá y para allá y cómo no mencionar el sagrado grito a los cuatro vientos, o a la cantidad de vientos que existan y alguno más. Felisberto veía con curiosidad como un señor de camisa, que casi nunca venía pero siempre lo hacía solo, por allá en el quinto anillo se abrazaba con gente cualquiera. Los botijas de la familia de la tercera fila aumentaban su hiperactividad habitual por unos cuantos minutos luego del gol, pero era el único momento en que eso no parecía importarle a sus padres. El viejo no se movía pero pasaba de su tímida mueca a la verdadera sonrisa, con todo el esplendor de la misma. Esta contagiaba sin piedad a Felisberto, que intentaba disimular su felicidad cuando lo veía pero era difícil. Al fin y al cabo, todos los fines de semana, Felisberto miraba su partido.


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