Martín Dolape se levantaba bien temprano todos los días. No se le hacía fácil, para nada. Atrasaba varias veces la alarma y luego de dar algunas vueltas en la cama de dos plazas que solo él ocupaba, se arrojaba al suelo y así empezaba los días. Desayunaba como podía el café asqueroso que le pasaba por su dolida garganta carcomida por el reflujo.
Lavarse los dientes se le hacía eterno porque le costaba mirar su cara envejecida en el espejo. Él había sido rubio de chico pero ahora era pelado, aunque se ofendía si alguien lo decía. Cuidaba sus pelitos en la frente como si fuesen oro. Tenía ojos celestes y pensaba que de joven había sido lindo, pero no era cierto.
Llegaba al trabajo siempre unos minutos tarde. Entraba corriendo al hospital universitario público en el que trabajaba y luego de atravesar los pasillos se metía jadeando a la oficina.
-“Buenos días.” Decía con la lengua para afuera, con su voz ronca del reflujo nocturno.
Se armaba el mate aunque el médico se lo había desaconsejado por la gastritis crónica que tenía. No podía vivir sin el mate. Apoyaba su culo en la silla frente a la computadora todos los días, en un pequeño antro pensado para dos personas pero habían cinco. Al menos entraba algo de luz.
Antes de prender la pantalla volvía a mirar su rostro en el reflejo. Siempre se acordaba: al lavarse los dientes y antes de prender la computadora. Parecía que cada vez que se observaba, el peso de su edad y su potencial desperdiciado lo aplastaban como él a las cucarachas de su casa.
Al lado de él se sentaba Aldana. Ella era joven y estaba llena de energía, su presencia hacía que hasta dejen de pensar que los hongos de las paredes eran tan horribles. Martín pensaba que estaba buena. Hasta había intentado coquetear con ella un par de veces. Alguna sonrisa ingenua y cortés de Aldana había encendido la luz de la esperanza, hasta que un día el novio la había ido a buscar allí al trabajo. Se había presentado ante todo el mundo. Era alguien como ella, con vida, ambos irradiaban juventud y esperanza. Martín no lo sabía pero Aldana lo había llevado a propósito, para dejar en claro los tantos.
Siempre alrededor de la misma hora en la mañana, se escuchaba la voz de Flordelicia que le pedía ayuda.
-“Martín, vení que tengo algo de números.”
Esa era su fama. Se ponía colorado por lo bajo. Consideraba un honor que la encargada lo tuviese en tal consideración, pero también quería hacerse desear.
-“Estoy ocupado. Voy en un rato.”
Siempre le contaba a sus sobrinos que de chico le había ido mejor que a su hermano Pedro en matemáticas.
-“Ustedes lo ven así ingeniero como es, pero en la escuela el tío hacía todo más rápido.” Les solía decir. “¿No es cierto?”
-“Claro. No saben lo que era su tío Martín, una bestia.” Decía Pedro sin maldad.
Martín se irritaba un poco. Él escuchaba dentro de sí la pregunta obvia pero que nadie hacía: “¿Y entonces qué te pasó?”
Era verdad que Martín pintaba bien de niño, y hasta llegada la adolescencia. Sus padres tenían esperanzas de al fin tener un hijo médico, pero por suerte murieron antes de que él terminara el liceo. Tampoco supieron lo bien que le había ido a Pedro.
Martín se llevaba bien con su hermano aunque la envidia le impedía quererlo como se quiere a un hermano. Nunca se dio cuenta de que Pedro era la única persona que realmente lo quería, la única persona que veía valor en él, incluyendo al propio Martín. Pedro pensaba que Martín realmente era inteligente, y conversaban de los últimos avances de la inteligencia artificial y la tecnología. Martín no entendía mucho pero asentía y seguía la corriente.
-“En unos años, hasta el cirujano más experto puede ser reemplazado por las máquinas.” Decía entusiasmado su hermano Pedro, “¡Nadie está a salvo! Evidentemente algunos tienen mayor riesgo, como... como los cajeros del súper.”
Pedro siempre hacía esa pausita. Martín sabía que quería decir que su trabajo era muy automatizable. Hasta era consciente de que debía de ser plausible de automatizar en el momento presente. Si le preguntaban, Martín largaba que trabajaba en el hospital. Le gustaba ver la cara de la gente al dar la impresión de que era médico, lo que sus padres hubiesen querido, aunque fuera por dos segundos hasta que se veía obligado a admitir que en realidad era un burócrata. Él usaba la palabra “administrativo”, aunque no era del todo sincero. “Burócrata” era más adecuado.
Le aburría bastante ayudar a Flordelicia, aunque la estima le gustaba. Su momento favorito del día era atender a la gente que iba a la oficina a hacer trámites. Recordaba especialmente a un muchacho que fue un día para poder firmar el contrato para su primer trabajo. El muchacho entraba a trabajar como docente universitario, en la carrera de medicina.
Martín miraba los formularios detenidamente, en busca del más pequeño error. El papel tenía la firma y sellos correspondientes y la información correspondientes. El muchacho sonreía tranquilo mientras que Martín se frustraba al no encontrar errores hasta que vio algo fuera de lugar: faltaba la fecha. La fecha de ese mismo día.
-“No tiene la fecha, sabés. Vas a tener que conseguir que el responsable del servicio te coloque la fecha y te firme de nuevo.”
-“Me acaba de firmar el papel. Le pongo la fecha ahora.”
-“No. Te tienen que poner la fecha en el servicio.”
El muchacho insistió pero fue inútil. Martín lo combatía pensando en la envidia que le tenía a su hermano y el rencor que le tenía al mundo. Veía en el muchacho todo lo que sus padres hubiesen querido y él no era, por lo que le tiró encima toda su miseria y le dijo que debía de volver otro día.
El muchacho se fue cabizbajo, sin decirle nada. Martín festejó por lo bajo cuando se fue. Gozaba de tener ese minúsculo pero no menospreciable poder, el de lograr trancar, hacer perder tiempo, aunque sea un mísero día, a las personas que no eran todo lo que él era: un fracasado. Coleccionaba una libreta bajo su escritorio, anotaba el tiempo que le robaba a aquellos que construían al mundo a su alrededor. Aldana lo miraba sutilmente con desprecio y a Flordelicia le chupaba un huevo.
Llegar a su casa en la tarde no era un alivio. No tenía con quien salir a tomar un café en invierno, o disfrutar de los parques en otoño y primavera. Al lado de la taza sucia de café que no había levantado de la mañana, se encontraba la botella de whisky de la noche anterior y un pequeño vasito. Sacó de un cajón otra botella de buen whisky, ya que era en lo único que gastaba. Se sentaba todas las tardes en su pequeño comedor y brindaba solo:
-“Por el pelotudo que tranqué hoy por no tener la fecha. Salú’.” También hablaba solo.
-“Tendrías que haberle visto la cara. Por no tener la fecha de hoy lo
tranqué. Le dije que había un vacío legal por si tenía un accidente laboral. ¡Un accidente laboral! Da clases por zoom el pelotudo.” Decía estas cosas y se servía otro vaso.
-“Salud.” Decía.
Hasta que una noche luego de un día miserable dentro de alguna de las tantas semanas inmersas de monotonía, Martín murió en la noche. Se despertó acostado en su cama semi vacía con un dolor de pecho insoportable. Estaba nervioso y sudando. Nunca le había pasado algo así. Atinó por reflejo a tomar su celular y llamar a la emergencia. Lo atendieron rápido.
-“Novecientos once, ¿en qué lo puedo ayudar?”
Martín no contestó. La muchacha del otro lado del teléfono insistía. -“Dígame aunque sea dónde está. ¿Me contesta? ¿Hola?”
Martín no contestó más y cortó el teléfono. Se dio cuenta de que no podía despediciar la oportunidad. Cerró los ojos y aguantó el dolor como pudo hasta que su corazón dejó de latir. Fue el momento más feliz de su vida.