Friday, August 5, 2022

Milagros.

Este cuento obtuvo el tercer lugar en el concurso "Historias de resiliencia", organizado por Biblioteca Nuestros Hijos. 

Sentado en la cama miraba tristemente el suelo gris. Sus pies paralelos, rodillas 
y brazos tatuados no lo confortaban. Le habían dado una paliza a su hermano, que también estaba allí. Siempre había sido así, silencioso escarnio para gente como él, desde el turbulento nacimiento hasta la temprana muerte, siempre de la misma forma.

No recordaba haber hecho la marca en la pared ese día. O el anterior. Ya las
rayas no tenían sentido hace tiempo, aunque sabía que iba a salir eventualmente.
Vio que entraba un rayo de luz desde la minúscula ventana enrejada contra la esquina. Se levantó con dificultad y puso su cara en el sol. Tenía frío.


Ya hace semanas que había visto a su hija Milagros en la visita. Había venido con su abuela Mirta. Llevaba puesta esa campera rosada que él le había regalado hace tiempo. Ya le quedaba chica, pero sospechaba que Mirta se la ponía a propósito para que se quedara contento. O para que su hija lo recordara. Difícil que
le regalara algo ahora.

Tocaba en su bolsillo el corte que tenía guardado. Era un simple pedazo de
vidrio pero sería suficiente, un portal a otra galaxia en donde eran todos iguales, sin perros enjaulados ni lobos pretendiendo ser ovejas. Vio justo a su compañero entrar cabizbajo, con algún que otro moretón en la cara. Él también los tenía aunque ya estaban mejorando. “No es nada” le había dicho a Mirta cuando ella vio su cara.
Nunca era nada allí adentro, todo era posible hasta que se volvía probable y,
cuando alguien quería acordar, se había vuelto un hecho.

Probó el corte dentro del bolsillo con su dedo pulgar. Sintió dolor y miró: sangre. Su corazón aceleró su ritmo ante el descubrimiento de que sí sería suficiente. De que el hecho de irse de allí para siempre había empezado a ser algo real y que tenía su salida en el bolsillo. Cerró los ojos y apretó los puños para luego suspirar.
Empezó a respirar rápido, con la concentración de un corredor de cien metros antes de la carrera. Tendría que hacerlo de noche, pensó, con la fría consciencia de quien trama algo terrible. Si algo salía mal, lo encontrarían recién a la mañana y ya sería tarde.

Miró sonriendo a su compañero que lo estaba mirando. Este no entendió lo que significaba ese rasgo perdido que nos alarga la boca y nos achina los ojos. Ese simple gesto que no estaba prohibido allí dentro pero era hasta ofensivo, obsceno.

- “Qué te pasa” dijo su compañero en tono agresivo. No era una pregunta.



Solo una densa oscuridad entraba ya a esa hora por la ventana. La luz de las
estrellas no calentaban y él seguía con frío. Su compañero estaba dormido, o al menos dado vuelta, nunca se podía saber. Sacó el corte de su bolsillo y lo apoyó delicadamente en su mano, con un miedo delirante a cortarse. Miró su cara en el reflejo del vidrio. Estaba barbudo y ojeroso. Si se hubiese visto a sí mismo cuando era un niño se escondería detrás de su padre por miedo al hombre malo. Quizá su
padre había sido igual a él. No se acordaba.

Se la había pasado varios minutos abrazando a su hija aquella última visita. Milagros entendía poco del mundo a su edad, aunque con su picaresca astucia infante alguna cosa había de comprender. Había perdido un pedazo de alma de niño: esa candidez que coloca a los padres en un pedestal, Milagros ya lo había
perdido.

- “¿Cuándo te veo de nuevo, papá?” Le había dicho.

Él no lo sabía. Fue ese el día en que Mirta le llevó el corte escondido, pensando que lo necesitaba para defenderse.

-“ ¿Cuándo volvés a casa?” Le dijo luego.

Él no se había animado a contestar.

- “Falta. Te dije que no preguntes más eso.” dijo Mirta.

Volvió a mirarse en el corte y se preguntó si su propia hija le tendría miedo. Capaz que por eso le preguntaba cuándo se iría, porque quería que se quedara allí para siempre. Cerró los ojos mientras una nube negra lo envolvía sin pedirle
permiso. Sintió el dolor de siempre en la columna, de cuando el milico lo había reventado con un palo. Él solo había querido salvar a su hermano, pero todo había ido mal desde allí.

No pensó que sería tan horrible cuando entró. Había sido por una buena causa. Había impedido que su hermano, que proveía para la familia y para Milagros, cayera dentro de ese pozo sin fin, aunque no lo había impedido para siempre. ¿De qué
servía un inocente como él, sin ingresos, afuera? De nada si su hermano dejaba de traer la comida. El día que finalmente entró su hermano fue que todo se volvió cuesta arriba. Tenía problemas con algunas personas, y pronto se descubrió el lazo
familiar.

- “Dice el pediatra que no crece como debería.” Le había dicho Mirta en la visita.

“Difícil que dé la comida con mi hermano acá adentro.” había pensado. Su hija lo había mirado con los ojos grandes e inocentes, con el pelo enrulado cayéndole a los lados. Él notó que su camperita rosada tenía un poco de mugre en la manga.

-“Esos pediatras no saben nada.” Dijo él

Su hija había esbozado una tímida sonrisa y él la levantó y la giró por los aires como solía hacer. La sonrisa de su hija hidrataba su alma con gotas de una luz purificadora.

Miró el corte de nuevo y lo dejó caer. No importaba cuantas golpizas tendría que aguantar, cuanto maltrato, humillación o desesperanza. Seguiría viviendo por la sonrisa de su hija Milagros, por poder levantarla cuantas veces quisiera una vez que
saliera de allí, por poder comprarle una camperita más grande. Se acordó de golpe que mañana era el día en que vendrían Mirta y Milagros a la visita. Se acostó en su cama con una extraña paz que poco duraría. Sin miedo de despertar a nadie, con la imprudencia incoherente demencial de un loco feliz, se puso a cantar bajito.


Esto fue lo que pasó en la librería

Nadie  sabía qué era lo que sucedía en la librería. Yo fui solo una vez y no me pareció nada del otro mundo, pero sé que hay gente a la que ...