Nadie sabía qué era lo que sucedía en la librería. Yo fui solo una vez y no me pareció nada del otro mundo, pero sé que hay gente a la que sí. Hay gente que queda mal. No como yo. Pedro es uno que quedó mal, me acuerdo. Pedro era mi amigo. Lo conocía de chico y nunca fue normal, pero es cierto que después de haber ido allí quedó peor. Me acuerdo que fuimos juntos, ¡pensar que fuimos los dos juntos! El librero te esperaba allí en la entrada, siempre parado ahí mirando todo. Sonreía con los ojos bien abiertos. Hace años que lo conocíamos y, como a todos los que pasaban por la puerta, siempre nos decía:
-“Buenos días muchachos. ¿No quieren entrar a mi librería?”
-“No, muchas gracias buen librero.”
Por muchos años mantuvimos esa conversación. Todos los días pasábamos por allí con Pedro y todos los días estaba el tipo ahí. Solo a nosotros nos preguntaba si queríamos entrar, me parece. No me acuerdo bien. Un día Pedro tuvo la brillante idea de meternos, ¡Pedro ese hijo de re mil puta!
-“Bo, ¿por qué no entramos?” Me dijo.
-“‘Tas loco. No sé, nunca entramos.”
-“Sí, ya sé. Por eso te estoy diciendo que entremos.”
-“Bueno está bien, entremos.”
Volvimos sobre nuestros pasos. La gente nos miraba, me acuerdo. Una gurisa nos hacía que no con la cabeza, me pareció que fue ahí, sí, que nos hacía que no con la cabeza. La ignoramos porque qué íbamos a saber. El librero estaba ahí parado, recostado contra el marco de la puerta, de tal manera que tenía que moverse para poder pasar a la librería. Nos paramos ahí y no se movió el tipo. Lo miramos unos segundos y él nos miraba y sonreía. Era muy alto ese librero.
-“Permiso.” Dijo Pedro.
El librero parecía no entender. Hizo una mueca con las cejas y se rascó la cabeza pelada. Pedro y yo nos miramos y cuando miré a Pedro me pareció ver atrás de él, un poco lejos, a la gurisa que seguía haciendo que no con la cabeza. Caminaba de espaldas y me hacía que no con la cabeza. Volví a mirar al librero y se había corrido para el costado.
-“Pasen. Pasen a mi hermosa librería, buenos muchachos.”
Entramos con Pedro a un pasillo largo y oscuro con varias salidas hacia los costados. El librero estaba atrás nuestro.
-“Por acá.”
Seguimos al librero pisando tablas de madera chillantes. Entramos a una habitación girando a la izquierda, era chica y prolija con techo alto y los libros bien ordenaditos en los estantes.
-“Me pareció que ustedes eran de esos.” Dijo el librero. “Por eso los traje acá. Miren lo que quieran muchachos.”
Ahí fue que la cosa empezó mal.
-“De esos nada.” Le dije. “No somos de esos. Nunca me habían faltado el respeto así.”
Pedro asentía a mis palabras.
-“Vámonos.” Le dije a Pedro.
-“No, esperen.” Suplicó el librero. “Está bien, vengan. Yo sé lo que buscan. Era una prueba, nada más. Vengan por acá.”
El librero salió de nuevo hacia el pasillo. Nos miramos con Pedro. Él puso sus manos sobre mis hombros.
-“Necesito que te tranquilices.” Dijo. “Tenemos que aprovechar esto. No es todos los días que entramos a la librería de El Librero”
Respiré hondo y seguimos al librero que nos esperaba en el pasillo. Caminamos unos veinte metros y giramos a la izquierda de nuevo para meternos en una habitación mucho más grande que la anterior, con luces tenues de velas que colgaban de candelabros en las paredes de ladrillo. ¡Velas en una librería! Creo que eran velas, no me acuerdo. El lugar era gigante, además de los estantes que parecían llegar hasta el cielo habían varios montones de libros tirados por todos lados.
-“Ahora sí, ¿no?” Me dijo el librero con una sonrisa confiada.
El librero se puso atrás de un mostrador de madera contra una de las paredes del cuarto. Atrás del mostrador habían todavía más estantes con libros.
-“Pedro.” Le dije por lo bajo. “¡Este tipo no es un librero!”
-“¿Cómo no? ¿Por qué?”
-“Pensalo. Si calculamos la cantidad de libros por montón serían unos treinta o trescientos libros. Hay más o menos ochenta montones acá. Sumale a eso los que están en los estantes. ¡Deben haber más de mil libros! Es imposible que sepa qué tiene, por lo tanto, es imposible que venda un solo libro.”
Pedro me quedó mirando.
-“Solo hay una forma de demostrarlo.” Me dijo.
Se acercó al mostrador donde estaba el librero.
-“Te quería consultar por un libro.”
-“Sí, ¿cuál?”
-“Todos los fuegos el fuego de Cortázar.”
-“Ah sí.”
El librero se dio vuelta en su lugar y sacó un libro del estante que estaba atrás suyo. Lo puso arriba de la mesa. Era, sin lugar a dudas, “Todos los fuegos el fuego” de Cortázar. Creo que era ese, si mal no me acuerdo. Pero era el mismo libro que le había pedido Pedro. Eso me tranquilizó un poco.
-“¿No lo querés?” Dijo el librero.
-“No, no.” Dijo Pedro.
-“Entonces, ¿por qué me hacen perder el tiempo? Ahora te lo tenés que llevar.”
-“Me lo llevo solo si es gratis.”
-“Claro que sí.”
Agarré yo el libro en vez de Pedro. Lo abrí en una página cualquiera, quería leer el cuento de los autos. Veía borroso, no podía leer. Se lo mostré a Pedro.
-“No es que no se pueda leer.” Me dijo. “Es que está en cirílico.”
-“¿Una copia en ruso?”
-“No está en ruso. Está escrito en español, pero en el alfabeto cirílico.”
Se me cayó la copia al suelo. Mis manos temblaban, creo que también mis brazos temblaban. Todo mi cuerpo temblaba y me caí al piso yo también. Miraba los libros enfrente de mi cara y los candelabros allá arriba. No podía pestañear, o creo que no podía mover los dedos del pie. Había algo que no podía hacer. Me di cuenta de que todo era una joda. Apreté todos mis músculos con toda mi fuerza, como si fuese a doblar un palo de metal. Me levanté y agarré a Pedro de la remera.
-“Vos venís conmigo.” Le dije
El librero se quedó atrás de su mostrador.
-“No hay salida.” Le dije a Pedro sin intentar esconderme.
El librero sonreía, pero no como siempre que estaba parado en la puerta, ahí tenía los ojos grandes pero no las cejas levantadas, y ahora sí las tenía. No veía la puerta por la que habíamos entrado, no habían ventanas tampoco.
-“Nos vamos.” Le dije al librero.
Él me hizo que no con la cabeza y recién ahí entendí qué me quería decir aquella muchacha.
-“Sacá la nafta.” Le dije a Pedro.
Lo hizo y me entendió enseguida. Empezó a tirar la nafta arriba de los montones de libros. Agarré rápido uno de los candelabros y tiré la vela encima de los libros ensopados en combustible pero se apagó en el aire. No me acuerdo si no se me apagó en la mano en verdad. El librero nos miraba y luego dijo con voz calma.
-“Háganlo.”
Pedro lo miró mientras yo buscaba otra vela.
-“¿Qué dijiste?” Dijo Pedro.
-“Qué lo hagan.” El librero empezó a gritar. “¡Háganlo hijos de puta! ¡Quemen todo si tienen dos huevos cada uno!”
Logré incendiar una montonera de libros. Pedro ya habían llenado todo el resto de nafta. Agarré la copia de “Todos los fuegos el fuego” y salimos corriendo de allí. Afuera estaba la muchacha y cuando la vi asintió con la cabeza y se fue. Luego seguimos caminando con Pedro como todos los días.
Mucho se ha hablado de los hechos que sucedieron ese día y espero que con esto quede saldado y dejen de preguntármelo. Si mal no me acuerdo fue esto exactamente lo que pasó. Capaz que alguna cosa fue diferente, no me acuerdo bien. El que me da lástima es Pedro, que siempre fue un tipo raro y después de que fuimos a la librería quedó peor.