Saturday, February 19, 2022

La reunión. (Vidas comunes IV).

Sereno caminaba tranquilo por el pasillo arbolado. Miraba el suelo y pateaba las piedritas, era un domingo cualquiera de algún momento cualquiera pero con un sol que era el único, el de siempre. Ese día la gente común estaba reunida. 

 

Sereno miró con curiosidad a Felisberto, “qué tipo raro” pensó. Era un pensamiento poco habitual y hasta casi que invasivo en alguien que acostumbraba a observar sin juzgar, una suerte de “se mira y no se toca” pero de la vida: “se observa y no se juzga” pensaba Sereno. Sin más siguió caminando hasta que se encontró con Ileana y Flora: estaban al lado. Sereno no hablaba pero fruncía un poco el entrecejo y salió a buscar a Olga, solo para notar que se encontraba en la otra punta del recinto. Sereno estaba acostumbrado pero igualmente suspiró porque le parecía injusto que Flora tuviese que aguantar a la insoportable de Ileana. No había mucho que él pudiera hacer.

 

Sereno giró a la derecha y emprendió la marcha en un corredor perpendicular entre los pinos que daban sombra. Se frenó al encontrarse con Mario. Sereno lo miraba con admiración, ese entrañable chofer de ambulancia que había ayudado a salvar incontables vidas. Igualmente, todas terminaban allí, sin importar si en un momento habían sido joven y vieja como Ileana y Flora, si habían sido raros como Felisberto u honorables como Mario, o serenos como Sereno. El destino invariable de todas las vidas comunes se extinguía y perpetuaba allí bajo la sombra tranquila de los pinos. 

 

Sereno miró el reloj y vio que ya era hora. Se dirigió hacia el gran portón con las llaves en la mano, dispuesto a dejar pasar a la gente que esperaba, acudían solo por un rato, esa vez.


Este es el último cuento de mi serie "Vidas Comunes". Recomiendo leer los otros tres.

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