Vidas Comunes - Antología.
El tipo de la otra mesa
Era obvio que el tipo de la otra mesa quería matarlo. Javo lo vio por primera vez hacía un par de días, y desde entonces siempre se sentaba ahí, en la otra mesa. El tipo tenía una apariencia por demás sospechosa. Siempre llevaba una boina negra que combinaba con un saco largo también oscuro, que le llegaba casi hasta los pies. Llevaba unos lentes perfectamente redondeados sobre sus ojos chicos y un mostacho llamativo que terminaba de adornar su rostro.
No era solo que se sentase allí el problema. Javo no era tonto y observó que el tipo de la otra mesa no solo se pedía café. Siempre había algún comestible agregado. La vieja táctica, pensaba Javo, la ingenua excusa culinaria para recibir un instrumento mortal, un cuchillo con el que, cuando la oportunidad llegara, usaría sin piedad para asesinar a Javo. Cuando Javo notó esto comenzó a agregar una tarta a sus usuales desayunos de capuchinos.
Pasaban los días mientras los dos se observaban. Javo llegaba temprano y se sentaba con su espalda contra la pared para tener buena visión. El tipo de la otra mesa lo miraba concentrado. Javo tomaba su café y, sin darse cuenta, agarraba tenso el cuchillo sin soltarlo durante varios minutos. El tipo de la otra mesa disimulaba y no le prestaba tanta atención al suyo. Esto daba la pauta de que era alguien experimentado y a Javo se le ponían los pelos de punta.
Cuando el tipo de la otra mesa se apareció con otras dos personas Javo temió verdaderamente por su vida. Llamó como gritando al mozo y le dijo que estaba esperando gente, que necesitaba otro set de cubiertos. Javo suspiró de alivio cuando este volvió y pasó a tener dos cuchillos. Los agarró a los dos fuertes durante toda la mañana mientras miraba al tipo de la otra mesa y a sus sicarios compañeros. Se le enfrió el café porque no tenía manos con que tomarlo. No importó porque el tipo de la otra mesa y sus secuaces se fueron, no sin que uno de estos le lanzara una mirada intimidante a Javo. Su táctica parecía haber funcionado.
Una situación crítica sucedió cuando el tipo de la otra mesa se apareció con una gran mochila negra. Javo tuvo que salir corriendo sin pagar ni dar explicaciones. Fue vergonzoso pero un mal necesario.
El acceso a la información tenía a Javo muy preocupado. El tipo de la otra mesa no quería matarlo porque sí, sino que debía de saber que Javo llevaba consigo el boleto ganador de la lotería y aún no había reclamado el premio. Dormía con él abajo de la almohada, aunque suspiraba y se despertaba de noche pensando en que el tipo de la otra mesa iría a buscarlo a su casa. Este debía de saber donde Javo vivía, habiendo accedido a la información del boleto de lotería, imposible de saber en principio. Javo no era tonto y solía repetir: “en esta época todo se sabe”, aunque nunca lo decía pensando en las consecuencias que podía llegar a tener.
Se le pasaba el tiempo y vencería el plazo en el que debía de ir a buscar su premio. Javo se sentía atrapado, porque sabía que el tipo de la otra mesa lo interceptaría camino a La Banca, donde entregaban el dinero. Prefería perder el premio antes de que el tipo de la otra mesa se lo robara. Javo se enojaba solo pensando en su astuta cara y sombrío atuendo. Era injusto que esto terminara pasándole a él.
Todas las mañanas se miraban con el tipo de la otra mesa. Los dos tenían sus cuchillos prontos, pretendiendo que eran para comer, hasta que el tipo de la otra mesa se iba y solo después era que se iba Javo. Pensó en pedir ayuda pero era inútil. No tenía muchos amigos y tampoco confiaba en los que le quedaban. Era difícil explicar la situación sin dar a conocer la situación de su boleto ganador. ¿Cuántos amigos verdaderos no le arrebatarían el premio? ¿Aparecerían más tipos de la otra mesa si lo revelaba? Ya bastante complicado estaba como para andar asumiendo aún más riesgos.
Hasta que al fin venció el plazo para reclamar el premio en La Banca. Javo llegó esa mañana a la cafetería y se desparramó en su silla aliviado. Ya no había razón para que el tipo de la otra mesa siguiera persiguiéndolo. Cuando vio que este no llego a la hora habitual, le pidió al mozo solamente un capuchino. Estaba harto de comer las tartas. Recién cuando tomó solo la cuchara y no tuvo que sostener el cuchillo fue que se dio cuenta de la tensión que manejaba. Su mano libre estaba rígida y dolía. Javo estaba tan relajado que casi se cayó de la silla, quedando en una posición incómoda y tonta. Tenía su cabeza bajo la mesa y se levantó torpemente. Fue en ese momento que vio, atónito, como se sentaba el tipo de la otra mesa y le ponían su set de cubiertos, incluyendo, sí, un cuchillo.
Javo sabía que había sido derrotado. Miró la pequeña cucharita en su mano y pensó en su ridícula pequeñez e inocuidad y le pareció hasta cómico que todo fuese a terminar de esa manera. Su obsesión con el boleto de lotería le había hecho olvidar otros asuntos, pero ya no importaba. El tipo de la otra mesa lo miraba con un gesto espeluznante; la sonrisa del loco. Javo se terminó su café y tragó despacio. Dejó la paga en la mesa con una propina generosa. Se levantó y caminó endeble hasta quedar de pie al lado del tipo de la otra mesa. Este lo miró fijo y se paró despacio.
-“Ganaste.” Sentenció Javo.
El tipo de la otra mesa no hizo más que asentir lentamente. Luego lo degolló con el cuchillo.
Mario el chofer
Prendió la sirena y apretó el acelerador a fondo. Notó por un breve instante cómo la médica a su derecha lo miraba preocupada, antes de lanzar sus sentidos de lleno a través del parabrisas y hacia la calle. El corazón palpitaba en su pecho y una gota gorda de sudor recorría su sien lentamente. Hacía años que manejaba la ambulancia pero todavía no era inmune a la adrenalina.
Esquivaba autos con relativa facilidad en el amplio bulevar, como si fuesen conos en una pista de entrenamiento. Un auto rojo y otro negro casi se chocan entre ellos para darle paso, hasta que finalmente el rojo aceleró y se colocó delante del negro, irritándolo en el proceso. Las motos le generaban mucho estrés, ya que cualquier movimiento en falso y no podría obviar la asistencia de los pasajeros. El cometido dependía de su destreza: llegar con rapidez a destino, pero arribar al fin.
Hasta que se toparon con la pesadilla de todo vehículo que grita con colores: el semáforo en rojo. Mario colocó su armatoste a escasos centímetros de un vehículo amarillo que parecía distraído. Él no conocía la verdadera causa, pero siempre culpaba de las demoras en la reacción a los teléfonos celulares. El auto amarillo empezó a tocar bocina desesperado ya que no tenía margen de maniobra. Las tres filas de autos comenzaron a zarandearse caóticamente sin lograr abrir un hueco significativo. La médica miró a Mario de nuevo aunque no se atrevió a decir nada, era una regla no escrita. El espiral de estrés no hace más que acrecentarse cuando este es señalado. Mario apretó con fuerza el volante ante la inacción de los vehículos, luego lo golpeó con su puño izquierdo. El tiempo no siempre vale lo mismo y dentro de la ambulancia este se puede intercambiar por oro puro, consiguiendo un mísero instante por tonelada de futilidad.
El auto amarillo enloqueció y se subió al cantero central. Mario, aliviado, aceleró un tanto más de lo aconsejable pero evitó una colisión gracias a la desesperada astucia de los otros vehículos, que evitaban su desfiguración siguiendo el ejemplo del pionero amarillo. Atravesaron la intersección con la intensa luz roja iluminándoles el rostro.
Mario dobló a la izquierda y salió del bulevar, las llantas se quejaron ruidosamente y el armatoste pareció haberse inclinado algún tímido grado. Entraron ya en la pequeña calle del destino: la puerta de emergencia. La médica sonrió un tanto aliviada, Mario envalentonado pisó a fondo el acelerador aprovechando la preferencia. Dejaron atrás el par de cuadras final hasta que llegaron a destino. Mario se dejó caer en su asiento completamente agotado. No había notado lo rápido que había estado respirando, lo empapada que estaba su ropa del sudor ni lo contraído que se encontraba hasta el último de sus músculos. Aún así, Mario presentía que algo no estaba bien. Después de años de experiencia la mirada derrotada de la médica y la cabeza agachada del enfermero le daban a entender que no habían cumplido el objetivo. La pizza ya estaba fría.
La despedida
Estaba en sus planes decirle que no la vería más. Miraba por la ventanilla del ómnibus deseando que algo pasara para no llegar nunca más al residencial, aunque todo era normal, aparentemente como cualquier otro día que había ido a verla en estos tristes años. Pasó sumisa la parada en la que tenía que bajarse. No se levantó frenética para avisarle al chofer, sino que la invadió una inusual letargia que la dejó sentada. Se resignó a levantarse luego de haber pasado ya la otra parada, su inacción vencida por el prospecto de terminar todavía más lejos y tener que aguantar una caminata más larga cargando con su cabeza.
Apenas pisó la vereda una ráfaga de viento le recordó porque tenía puesto ese saco que se prendió rápidamente. Las hojas teñidas de otoño volaban como jugando en el aire. La parsimonia de la tarde dominguera la maldecía con su silencio opresivo. Caminó con las manos en los bolsillos mirando al suelo, pateando las hojas que encontraba, tratando de demorarse un poquito más, jugando a engañar al tiempo mientras que solo se engañaba a sí misma. Las baldosas resquebrajadas no le ofrecían ningún consuelo.
Se sentó en el murito de ladrillo y apoyó su espalda contra la reja, con cuidado de no tocar el timbre con su cabeza. Por suerte no estaban los viejos afuera, pensó Paula mientras agradecía por primera vez en su vida al frío aunque sus pies gélidos no estaban de acuerdo. Respiraba hondo con los ojos cerrados, intentando creerse la farsa de que podría prepararse para el momento en el que se despediría de su madre para siempre. Sintió el “tac, tac, tac” a sus espaldas, inconfundible dedazo en el vidrio. Se dio vuelta y allí estaba su madre mirándola desde adentro del residencial. La saludó con la mano y se dio vuelta para avisarle a una de las enfermeras que le abran la puerta a su hija. Paula empujó la reja y caminó el sendero del patio como si estuviese por subirse a la barca de Caronte.
Saludó con un beso a Sofía, la enfermera que tantas veces le había abierto esa misma puerta con su incansable sonrisa. Apenas entró en la sala de estar la invadió el olor que solo podía ser de ese lugar. Paula siempre decía que había olor a muerte. Vio a su madre sentada en la silla de siempre, le sonreía como podía. El resto de los residentes estaban dispersos y la mayoría no la miraban, salvo el viejo Carlos que era de los pocos que conservaba cierto grado de lucidez y la observaba con sus ojos tristes. Nunca había otros acompañantes. Paula se acercó a su madre y le dio un tímido abrazo, como con miedo de romperla si la apretujaba con fuerza.
- “Estás desabrigada, m’hija.” Le dijo, “¿Qué te trae a visitar a una vieja como yo?”
- “Vine a merendar, como todos los domingos.”
- “Como todos los domingos.” Dijo su madre asintiendo lento. - “Traje bizcochos.” Dijo Paula intentando sonreír.
Paula acomodó una silla para ella y colocó una pequeña mesa entre las dos. Apoyó en esta la bolsa de la panadería y reparó en el aspecto de su madre, que la miraba con una candidez inapropiada. Se había acostumbrado con los años a sus arrugas pero nunca había podido superar ver su pelo gris, que tanto había cuidado siempre. A su madre no parecía importarle. Lo que no había cambiado eran sus inmensos ojos esmeralda con tintes anaranjados. Paula creía que su madre tenía los ojos más hermosos que jamás hubiese visto, aunque ella no los había heredado.
- “¿Cómo está tu hermano?” preguntó
Paula tragó saliva. Siempre creía que esa vez no tendría que escuchar la maldita pregunta, pero era una esperanza fútil. No le diría la verdad. Hoy era su día, no iba a darle el protagonismo a su hermano como cada vez que contestaba con honestidad. El ciclo de la incoherencia triste no se repetiría. Ya tendría tiempo para eso.
- “Bárbaro. Viste como es él, anda lo más bien.”
Su madre sonrió y Paula suspiró casi que imperceptiblemente y sin darse cuenta.
Paula sabía que a su madre le quedaba poco tiempo, de hecho muy poco y aún así no podía decirle lo que le quería decir, lo que sentía el deber de contarle. Al otro día saldría el avión y no volvería a verla nunca más. Recordaba que su madre siempre le decía: “no dejes de vivir tus sueños por tu madre. Pongo la pata en el avión y voy a donde estés a visitarte.”. Era de las tantas conversaciones repetidas y cuasi delirantes que habían tenido toda la vida. Solo que ahora sí era cierto que Paula se iría, pero su madre no se subiría a ningún avión.
- “Fijate que te traje margaritas.” Dijo Paula en un intento por romper el silencio y salir de su cabeza.
- “No tengo hambre.”
En eso se acercó Sofía, puso la mano en el hombro de Paula y le dijo por lo bajo:
- “Hace días que apenas come.”
Paula asintió.
Era como los médicos dijeron que iba a pasar. Ya se habían hecho las seis, en breves se tendría que ir. Si no le decía ahora, no le diría nunca. Su madre se pondría muy feliz, después de todo lo que había pasado, la tremenda oportunidad que había conseguido Paula le cambiaría su vida para siempre. Tenía que decirle, luego de una vida de amargura, darle la alegría del final.
- “Mamá...”
- “¿Qué, m’hija?”
- “¿Cómo era todo cuando te viniste a vivir a Montevideo?”
No pudo evitarlo. Era uno de los tantos temas de los que su madre podía hablar sin parar, siempre diciendo lo mismo. Paula ya lo sabía: su madre hablaría de las dificultades que atraviesan los estudiantes del interior, de cómo tenía que tomarse varios ómnibus hasta la facultad, de cómo sus hermanas le robaban la ropa y le comían el pan recién traído de la panadería. Recalcaría lo tedioso que era hacer los trámites, que llevaba varias horas de fila y que qué fácil se había vuelto todo para la época en la que Paula había sido joven. No era que Paula ya fuese vieja, pero ella había dejado de pensarse como joven hace mucho tiempo.
Paula siguió sacándole tema tras tema: su divorcio con su esposo, el padre de Paula, su vida en el pueblo de Durazno, el alcoholismo de su propio padre y la firmeza de su madre, las recetas de su abuela y la huerta, el almacén de su padre en el que había pasado su ya remota infancia. La madre de Paula no se cansaba de hablar de esto, parecía recobrar esa vitalidad que ya había perdido y su vieja juventud se asomaba entre su sonrisa aunque sea por unos minutos, consecuencia de la alegría inmensa que le daba el solo hecho de estar con su hija. Paula nunca supo todo lo que su madre llegó a quererla.
Una conversación llevó a la otra, y entre trivialidades el escurridizo tiempo hizo lo suyo y se esfumó rápido, justo cuando se volvía más preciado. Había llegado la hora de la cena en el residencial. Paula siempre se iba a esa hora.
- “Me tengo que ir.” Dijo Paula. No quiso darle el doble sentido que notó con un nudo en la garganta.
- “Sí, vaya m’hija. Tu madre no te molesta más.”
Paula se levantó y esta vez sí apretó con fuerza a su madre, que seguía sentada. Paula le dijo que la quería y notó que no se lo decía desde que era una niña.
- “Hasta el domingo que viene. Prendete el saco antes de salir.” Le dijo su madre.
Paula asintió sin mediar palabra y se fue lo más rápido que pudo. Sofía le abrió la puerta con compasión.
Paula se preguntaba si el aire helado que chocaba con su cara podría congelarle las lágrimas. Caminó con una vehemencia irreal sin girarse a ver que su madre la saludaba desde la ventana, como todos los domingos, hasta ese, desde hacía años.
El barquero de Hoian
Nunca habría imaginado que volvería a ver su cara rechoncha. Menos allí donde estaba, a donde había ido para escapar de todo, inclusive de ella. Leonor, así se llamaba su ex esposa, parecía igual de sorprendida, pero no dijo nada mientras subía a su barcaza sutilmente emparchada. Su acompañante era un hombre un poco mayor pero se notaba que cuidaba de su físico y que tenía plata. No hacían una buena pareja aunque, antes de empezar a inventarse verdades se le ocurrió que ellos tampoco lo habían hecho. Por lo menos todo era pacífico, en aquel entonces.
-“Va a ser el tour completo.” Dijo el acompañante.
Demóstenes Comesano empezó lentamente a remar por las aguas del río. No podía sacar sus ojos de sus dos pasajeros por más bella que fuera la ciudad vieja de Hoian. Él la veía todos los días.
-“¿Qué nos recomienda hacer aquí?” Preguntó el hombre
-“Me imagino que ya habrán recorrido nuestra ciudadela.”
-“¿Es usted rioplatense?”
-“Sí. Uruguayo.”
-“Nosotros también.”
La mirada de Demóstenes se clavó como una lanza en su ex esposa, más de lo que jamás sería apropiado para un extraño. Esperaba un breve encontronazo que le diera una certeza inefable sobre el desencanto de Leonor con ese viejo con el que iba, una señal de que estaban en algún tipo de entendimiento. Ella solo miraba las fachadas amarillas enflorecidas a la luz del sol de atardecer inmutable con su indescifrable rostro pecoso que se escondía bajo su sombrero. El acompañante no pareció notarlo, aunque le incomodaba el silencio con su extraño compatriota.
-“Qué casualidad, de Uruguay para todo el mundo”. Dijo el acompañante
-“Es así.”
El remo pesaba más que nunca en la mano de Demóstenes. Se preguntaba si sería lo suficientemente pesado para herir fatalmente a alguien o solo causaría lesiones leves. Quizá tendría que haber traído su navaja.
-“Es usted un hombre fuerte.” Le dijo el acompañante mientras se secaba el agua que Demóstenes le había salpicado torpemente al golpear el río con su remo.
No estaban lo suficientemente lejos de tierra firme como para que no pudieran nadar hasta allí. Aunque una sumergida con pérdida de conocimiento sí podría ser fatal. La cárcel vietnamita sin dudas sería peor que la uruguaya, por lo que Demóstenes empezó a repasar en su cabeza su conocimiento de leyes de extradición hasta que fue interrumpido por un grito.
-“Cuidado, imbécil.” Vociferó un experimentado barquero.
-“Son imprudentes, estos vietnamitas.” Dijo el acompañante por lo bajo, como si el barquero pudiese entenderle.
Demóstenes no contestó. Le irritaba que este hombre intentara caerle bien después de todo lo que había pasado, aunque él probablemente no supiera nada. No tenía ese derecho. Él no había visto el rostro de Leonor cuando le dijeron que murió su padre.
El silencio iba in crescendo mientras se alejaban de los lugares de embarque principales y del común recorrido turístico. Demóstenes notó que el acompañante lo miraba y era porque estaba sonriendo. Estaban ya pasando la isla en la que se encontraba el hotel de lujo “Memories”, donde usualmente se terminaba el recorrido completo. Todo parecía posible lejos del barullo ensordecedor de la turística ciudad vieja, aunque lo que jamás daba tregua era ese calor insoportable del Sudeste asiático.
-“¿Hace mucho que es usted barquero?” Siguió indagando el hombre.
-“Lo suficiente.” Contestó Demóstenes. Salpicando con agua esta vez a su exesposa.
Demóstenes agarró el remo con firmeza. Miró hacia los cuatro costados y confirmó que estaban ellos tres solos salvo por unos pocos pájaros camino a buscar refugio después de que atardeciera. El bote seguía moviéndose por la inercia. El sol resplandeció en la cara del acompañante: la oreja, pensó Demóstenes, iluminada justo en ese instante providencial es donde asestaría el golpe. Tendría que ser allí, primero él y luego lidiaría con ella, los dos morirían si y luego se entregaría, no importaba. Levantó el remo del agua y se puso rígido, los gemelos contraídos con fuerza, sus músculos isquiotibiales, el abdomen y el dorsal ancho en la espalda todos estrujando su esqueleto paralizado. Cambió su agarre de la madera y con eso se convirtió de remero a bateador en ese instante elegido y avalado por Leto el dios del sol. El insulso Demóstenes se transformó en villano.
-“Entonces sabe que tiene que dar la vuelta aquí, ¿verdad?”
-“Es así.” Dijo Demóstenes.
Quedó en unos segundos como en un trance, mirando el horizonte. Juró que desde
Hoian podía ver la costa de Montevideo. Agachó la cabeza e hizo lo pedido. A la vuelta no volvió a salpicar a los pasajeros ni a sonreír. Cuando llegaron al punto de desembarque el hombre le propició una cuantiosa propina y le agradeció por el recorrido extendido. Demóstenes practicó una reverencia adecuada y agradeció a la pareja mientras se marchaban, mientras miraba los rasgos asiáticos de la mujer que nada tenían que ver con los de su ex esposa.
Dicen que así pasa sus días el barquero de Hoian, al que nunca más vieron en Uruguay ni saben dónde está, y que en cada viaje sueña con la misma secuencia fatídica solo para fracasar en el intento. Todas las noches se acuesta meditativo en su cuartucho precario en la otra punta del mundo que conocía, pensando que algún día finalmente lo logrará.
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