Sunday, March 16, 2025

Esto fue lo que pasó en la librería


Nadie sabía qué era lo que sucedía en la librería. Yo fui solo una vez y no me pareció nada del otro mundo, pero sé que hay gente a la que sí. Hay gente que queda mal. No como yo. Pedro es uno que quedó mal, me acuerdo. Pedro era mi amigo. Lo conocía de chico y nunca fue normal, pero es cierto que después de haber ido allí quedó peor. Me acuerdo que fuimos juntos, ¡pensar que fuimos los dos juntos! El librero te esperaba allí en la entrada, siempre parado ahí mirando todo. Sonreía con los ojos bien abiertos. Hace años que lo conocíamos y, como a todos los que pasaban por la puerta, siempre nos decía: 

-“Buenos días muchachos. ¿No quieren entrar a mi librería?” 

-“No, muchas gracias buen librero.”

Por muchos años mantuvimos esa conversación. Todos los días pasábamos por allí con Pedro y todos los días estaba el tipo ahí. Solo a nosotros nos preguntaba si queríamos entrar, me parece. No me acuerdo bien. Un día Pedro tuvo la brillante idea de meternos, ¡Pedro ese hijo de re mil puta! 

-“Bo, ¿por qué no entramos?” Me dijo. 

-“‘Tas loco. No sé, nunca entramos.” 

-“Sí, ya sé. Por eso te estoy diciendo que entremos.” 

-“Bueno está bien, entremos.” 

Volvimos sobre nuestros pasos. La gente nos miraba, me acuerdo. Una gurisa nos hacía que no con la cabeza, me pareció que fue ahí, sí, que nos hacía que no con la cabeza. La ignoramos porque qué íbamos a saber. El librero estaba ahí parado, recostado contra el marco de la puerta, de tal manera que tenía que moverse para poder pasar a la librería. Nos paramos ahí y no se movió el tipo. Lo miramos unos segundos y él nos miraba y sonreía. Era muy alto ese librero. 

-“Permiso.” Dijo Pedro.

El librero parecía no entender. Hizo una mueca con las cejas y se rascó la cabeza pelada. Pedro y yo nos miramos y cuando miré a Pedro me pareció ver atrás de él, un poco lejos, a la gurisa que seguía haciendo que no con la cabeza. Caminaba de espaldas y me hacía que no con la cabeza. Volví a mirar al librero y se había corrido para el costado. 

-“Pasen. Pasen a mi hermosa librería, buenos muchachos.” 

Entramos con Pedro a un pasillo largo y oscuro con varias salidas hacia los costados. El librero estaba atrás nuestro.

-“Por acá.” 

Seguimos al librero pisando tablas de madera chillantes. Entramos a una habitación girando a la izquierda,  era chica y prolija con techo alto y los libros bien ordenaditos en los estantes.

-“Me pareció que ustedes eran de esos.” Dijo el librero. “Por eso los traje acá. Miren lo que quieran muchachos.” 

Ahí fue que la cosa empezó mal. 

-“De esos nada.” Le dije. “No somos de esos. Nunca me habían faltado el respeto así.” 

Pedro asentía a mis palabras. 

-“Vámonos.” Le dije a Pedro. 

-“No, esperen.” Suplicó el librero. “Está bien, vengan. Yo sé lo que buscan. Era una prueba, nada más. Vengan por acá.” 

El librero salió de nuevo hacia el pasillo. Nos miramos con Pedro. Él puso sus manos sobre mis hombros.

-“Necesito que te tranquilices.” Dijo. “Tenemos que aprovechar esto. No es todos los días que entramos a la librería de El Librero”

Respiré hondo y seguimos al librero que nos esperaba en el pasillo. Caminamos unos veinte metros y giramos a la izquierda de nuevo para meternos en una habitación mucho más grande que la anterior, con luces tenues de velas que colgaban de candelabros en las paredes de ladrillo. ¡Velas en una librería! Creo que eran velas, no me acuerdo. El lugar era gigante, además de los estantes que parecían llegar hasta el cielo habían varios montones de libros tirados por todos lados. 

-“Ahora sí, ¿no?” Me dijo el librero con una sonrisa confiada.  

El librero se puso atrás de un mostrador de madera contra una de las paredes del cuarto. Atrás del mostrador habían todavía más estantes con libros. 

-“Pedro.” Le dije por lo bajo. “¡Este tipo no es un librero!”

-“¿Cómo no? ¿Por qué?”

-“Pensalo. Si calculamos la cantidad de libros por montón serían unos treinta o trescientos libros. Hay más o menos ochenta montones acá. Sumale a eso los que están en los estantes. ¡Deben haber más de mil libros! Es imposible que sepa qué tiene, por lo tanto, es imposible que venda un solo libro.” 

Pedro me quedó mirando. 

-“Solo hay una forma de demostrarlo.” Me dijo. 

Se acercó al mostrador donde estaba el librero. 

-“Te quería consultar por un libro.” 

-“Sí, ¿cuál?” 

-“Todos los fuegos el fuego de Cortázar.” 

-“Ah sí.” 

El librero se dio vuelta en su lugar y sacó un libro del estante que estaba atrás suyo. Lo puso arriba de la mesa. Era, sin lugar a dudas, “Todos los fuegos el fuego” de Cortázar. Creo que era ese, si mal no me acuerdo. Pero era el mismo libro que le había pedido Pedro. Eso me tranquilizó un poco. 

-“¿No lo querés?” Dijo el librero. 

-“No, no.” Dijo Pedro. 

-“Entonces, ¿por qué me hacen perder el tiempo? Ahora te lo tenés que llevar.” 

-“Me lo llevo solo si es gratis.” 

-“Claro que sí.” 

Agarré yo el libro en vez de Pedro. Lo abrí en una página cualquiera, quería leer el cuento de los autos. Veía borroso, no podía leer. Se lo mostré a Pedro.

-“No es que no se pueda leer.” Me dijo. “Es que está en cirílico.”

-“¿Una copia en ruso?”

-“No está en ruso. Está escrito en español, pero en el alfabeto cirílico.” 

Se me cayó la copia al suelo. Mis manos temblaban, creo que también mis brazos temblaban. Todo mi cuerpo temblaba y me caí al piso yo también. Miraba los libros enfrente de mi cara y los candelabros allá arriba. No podía pestañear, o creo que no podía mover los dedos del pie. Había algo que no podía hacer. Me di cuenta de que todo era una joda. Apreté todos mis músculos con toda mi fuerza, como si fuese a doblar un palo de metal. Me levanté y agarré a Pedro de la remera.

-“Vos venís conmigo.” Le dije

El librero se quedó atrás de su mostrador. 

-“No hay salida.” Le dije a Pedro sin intentar esconderme.

El librero sonreía, pero no como siempre que estaba parado en la puerta, ahí tenía los ojos grandes pero no las cejas levantadas, y ahora sí las tenía. No veía la puerta por la que habíamos entrado, no habían ventanas tampoco. 

-“Nos vamos.” Le dije al librero. 

Él me hizo que no con la cabeza y recién ahí entendí qué me quería decir aquella muchacha. 

-“Sacá la nafta.” Le dije a Pedro. 

Lo hizo y me entendió enseguida. Empezó a tirar la nafta arriba de los montones de libros. Agarré rápido uno de los candelabros y tiré la vela encima de los libros ensopados en combustible pero se apagó en el aire. No me acuerdo si no se me apagó en la mano en verdad. El librero nos miraba y luego dijo con voz calma.

-“Háganlo.” 

Pedro lo miró mientras yo buscaba otra vela. 

-“¿Qué dijiste?” Dijo Pedro. 

-“Qué lo hagan.” El librero empezó a gritar. “¡Háganlo hijos de puta! ¡Quemen todo si tienen dos huevos cada uno!”

Logré incendiar una montonera de libros. Pedro ya habían llenado todo el resto de nafta. Agarré la copia de “Todos los fuegos el fuego” y salimos corriendo de allí. Afuera estaba la muchacha y cuando la vi asintió con la cabeza y se fue. Luego seguimos caminando con Pedro como todos los días. 

Mucho se ha hablado de los hechos que sucedieron ese día y espero que con esto quede saldado y dejen de preguntármelo. Si mal no me acuerdo fue esto exactamente lo que pasó. Capaz que alguna cosa fue diferente, no me acuerdo bien. El que me da lástima es Pedro, que siempre fue un tipo raro y después de que fuimos a la librería quedó peor. 

Tuesday, December 17, 2024

Vidas Comunes.

Vidas Comunes - Antología.


El tipo de la otra mesa

 

    Era obvio que el tipo de la otra mesa quería matarlo. Javo lo vio por primera vez hacía un par de días, y desde entonces siempre se sentaba ahí, en la otra mesa. El tipo tenía una apariencia por demás sospechosa. Siempre llevaba una boina negra que combinaba con un saco largo también oscuro, que le llegaba casi hasta los pies. Llevaba unos lentes perfectamente redondeados sobre sus ojos chicos y un mostacho llamativo que terminaba de adornar su rostro.

    No era solo que se sentase allí el problema. Javo no era tonto y observó que el tipo de la otra mesa no solo se pedía café. Siempre había algún comestible agregado. La vieja táctica, pensaba Javo, la ingenua excusa culinaria para recibir un instrumento mortal, un cuchillo con el que, cuando la oportunidad llegara, usaría sin piedad para asesinar a Javo. Cuando Javo notó esto comenzó a agregar una tarta a sus usuales desayunos de capuchinos.

    Pasaban los días mientras los dos se observaban. Javo llegaba temprano y se sentaba con su espalda contra la pared para tener buena visión. El tipo de la otra mesa lo miraba concentrado. Javo tomaba su café y, sin darse cuenta, agarraba tenso el cuchillo sin soltarlo durante varios minutos. El tipo de la otra mesa disimulaba y no le prestaba tanta atención al suyo. Esto daba la pauta de que era alguien experimentado y a Javo se le ponían los pelos de punta.

    Cuando el tipo de la otra mesa se apareció con otras dos personas Javo temió verdaderamente por su vida. Llamó como gritando al mozo y le dijo que estaba esperando gente, que necesitaba otro set de cubiertos. Javo suspiró de alivio cuando este volvió y pasó a tener dos cuchillos. Los agarró a los dos fuertes durante toda la mañana mientras miraba al tipo de la otra mesa y a sus sicarios compañeros. Se le enfrió el café porque no tenía manos con que tomarlo. No importó porque el tipo de la otra mesa y sus secuaces se fueron, no sin que uno de estos le lanzara una mirada intimidante a Javo. Su táctica parecía haber funcionado.

Una situación crítica sucedió cuando el tipo de la otra mesa se apareció con una gran mochila negra. Javo tuvo que salir corriendo sin pagar ni dar explicaciones. Fue vergonzoso pero un mal necesario.

    El acceso a la información tenía a Javo muy preocupado. El tipo de la otra mesa no quería matarlo porque sí, sino que debía de saber que Javo llevaba consigo el boleto ganador de la lotería y aún no había reclamado el premio. Dormía con él abajo de la almohada, aunque suspiraba y se despertaba de noche pensando en que el tipo de la otra mesa iría a buscarlo a su casa. Este debía de saber donde Javo vivía, habiendo accedido a la información del boleto de lotería, imposible de saber en principio. Javo no era tonto y solía repetir: “en esta época todo se sabe”, aunque nunca lo decía pensando en las consecuencias que podía llegar a tener.

    Se le pasaba el tiempo y vencería el plazo en el que debía de ir a buscar su premio. Javo se sentía atrapado, porque sabía que el tipo de la otra mesa lo interceptaría camino a La Banca, donde entregaban el dinero. Prefería perder el premio antes de que el tipo de la otra mesa se lo robara. Javo se enojaba solo pensando en su astuta cara y sombrío atuendo. Era injusto que esto terminara pasándole a él. 

    Todas  las mañanas se miraban con el tipo de la otra mesa. Los dos tenían sus cuchillos prontos, pretendiendo que eran para comer, hasta que el tipo de la otra mesa se iba y solo después era que se iba Javo. Pensó en pedir ayuda pero era inútil. No tenía muchos amigos y tampoco confiaba en los que le quedaban. Era difícil explicar la situación sin dar a conocer la situación de su boleto ganador. ¿Cuántos amigos verdaderos no le arrebatarían el premio? ¿Aparecerían más tipos de la otra mesa si lo revelaba? Ya bastante complicado estaba como para andar asumiendo aún más riesgos.

    Hasta que al fin venció el plazo para reclamar el premio en La Banca. Javo llegó esa mañana a la cafetería y se desparramó en su silla aliviado. Ya no había razón para que el tipo de la otra mesa siguiera persiguiéndolo. Cuando vio que este no llego a la hora habitual, le pidió al mozo solamente un capuchino. Estaba harto de comer las tartas. Recién cuando tomó solo la cuchara y no tuvo que sostener el cuchillo fue que se dio cuenta de la tensión que manejaba. Su mano libre estaba rígida y dolía. Javo estaba tan relajado que casi se cayó de la silla, quedando en una posición incómoda y tonta. Tenía su cabeza bajo la mesa y se levantó torpemente. Fue en ese momento que vio, atónito, como se sentaba el tipo de la otra mesa y le ponían su set de cubiertos, incluyendo, sí, un cuchillo.

    Javo sabía que había sido derrotado. Miró la pequeña cucharita en su mano y pensó en su ridícula pequeñez e inocuidad y le pareció hasta cómico que todo fuese a terminar de esa manera. Su obsesión con el boleto de lotería le había hecho olvidar otros asuntos, pero ya no importaba. El tipo de la otra mesa lo miraba con un gesto espeluznante; la sonrisa del loco. Javo se terminó su café y tragó despacio. Dejó la paga en la mesa con una propina generosa. Se levantó y caminó endeble hasta quedar de pie al lado del tipo de la otra mesa. Este lo miró fijo y se paró despacio.

-“Ganaste.” Sentenció Javo.

El tipo de la otra mesa no hizo más que asentir lentamente. Luego lo degolló con el cuchillo.


 


 

Mario el chofer

 

    Prendió la sirena y apretó el acelerador a fondo. Notó por un breve instante cómo la médica a su derecha lo miraba preocupada, antes de lanzar sus sentidos de lleno a través del parabrisas y hacia la calle. El corazón palpitaba en su pecho y una gota gorda de sudor recorría su sien lentamente. Hacía años que manejaba la ambulancia pero todavía no era inmune a la adrenalina. 

    Esquivaba autos con relativa facilidad en el amplio bulevar, como si fuesen conos en una pista de entrenamiento. Un auto rojo y otro negro casi se chocan entre ellos para darle paso, hasta que finalmente el rojo aceleró y se colocó delante del negro, irritándolo en el proceso. Las motos le generaban mucho estrés, ya que cualquier movimiento en falso y no podría obviar la asistencia de los pasajeros. El cometido dependía de su destreza: llegar con rapidez a destino, pero arribar al fin. 

    Hasta que se toparon con la pesadilla de todo vehículo que grita con colores: el semáforo en rojo. Mario colocó su armatoste a escasos centímetros de un vehículo amarillo que parecía distraído. Él no conocía la verdadera causa, pero siempre culpaba de las demoras en la reacción a los teléfonos celulares. El auto amarillo empezó a tocar bocina desesperado ya que no tenía margen de maniobra. Las tres filas de autos comenzaron a zarandearse caóticamente sin lograr abrir un hueco significativo. La médica miró a Mario de nuevo aunque no se atrevió a decir nada, era una regla no escrita. El espiral de estrés no hace más que acrecentarse cuando este es señalado. Mario apretó con fuerza el volante ante la inacción de los vehículos, luego lo golpeó con su puño izquierdo. El tiempo no siempre vale lo mismo y dentro de la ambulancia este se puede intercambiar por oro puro, consiguiendo un mísero instante por tonelada de futilidad. 

    El auto amarillo enloqueció y se subió al cantero central. Mario, aliviado, aceleró un tanto más de lo aconsejable pero evitó una colisión gracias a la desesperada astucia de los otros vehículos, que evitaban su desfiguración siguiendo el ejemplo del pionero amarillo. Atravesaron la intersección con la intensa luz roja iluminándoles el rostro. 

    Mario dobló a la izquierda y salió del bulevar, las llantas se quejaron ruidosamente y el armatoste pareció haberse inclinado algún tímido grado. Entraron ya en la pequeña calle del destino: la puerta de emergencia. La médica sonrió un tanto aliviada, Mario envalentonado pisó a fondo el acelerador aprovechando la preferencia. Dejaron atrás el par de cuadras final hasta que llegaron a destino. Mario se dejó caer en su asiento completamente agotado. No había notado lo rápido que había estado respirando, lo empapada que estaba su ropa del sudor ni lo contraído que se encontraba hasta el último de sus músculos. Aún así, Mario presentía que algo no estaba bien. Después de años de experiencia la mirada derrotada de la médica y la cabeza agachada del enfermero le daban a entender que no habían cumplido el objetivo. La pizza ya estaba fría. 

 



 

La despedida

 

    Estaba en sus planes decirle que no la vería más. Miraba por la ventanilla del ómnibus deseando que algo pasara para no llegar nunca más al residencial, aunque todo era normal, aparentemente como cualquier otro día que había ido a verla en estos tristes años. Pasó sumisa la parada en la que tenía que bajarse. No se levantó frenética para avisarle al chofer, sino que la invadió una inusual letargia que la dejó sentada. Se resignó a levantarse luego de haber pasado ya la otra parada, su inacción vencida por el prospecto de terminar todavía más lejos y tener que aguantar una caminata más larga cargando con su cabeza.

    Apenas pisó la vereda una ráfaga de viento le recordó porque tenía puesto ese saco que se prendió rápidamente. Las hojas teñidas de otoño volaban como jugando en el aire. La parsimonia de la tarde dominguera la maldecía con su silencio opresivo. Caminó con las manos en los bolsillos mirando al suelo, pateando las hojas que encontraba, tratando de demorarse un poquito más, jugando a engañar al tiempo mientras que solo se engañaba a sí misma. Las baldosas resquebrajadas no le ofrecían ningún consuelo.

    Se sentó en el murito de ladrillo y apoyó su espalda contra la reja, con cuidado de no tocar el timbre con su cabeza. Por suerte no estaban los viejos afuera, pensó Paula mientras agradecía por primera vez en su vida al frío aunque sus pies gélidos no estaban de acuerdo. Respiraba hondo con los ojos cerrados, intentando creerse la farsa de que podría prepararse para el momento en el que se despediría de su madre para siempre. Sintió el “tac, tac, tac” a sus espaldas, inconfundible dedazo en el vidrio. Se dio vuelta y allí estaba su madre mirándola desde adentro del residencial. La saludó con la mano y se dio vuelta para avisarle a una de las enfermeras que le abran la puerta a su hija. Paula empujó la reja y caminó el sendero del patio como si estuviese por subirse a la barca de Caronte.

    Saludó con un beso a Sofía, la enfermera que tantas veces le había abierto esa misma puerta con su incansable sonrisa. Apenas entró en la sala de estar la invadió el olor que solo podía ser de ese lugar. Paula siempre decía que había olor a muerte. Vio a su madre sentada en la silla de siempre, le sonreía como podía. El resto de los residentes estaban dispersos y la mayoría no la miraban, salvo el viejo Carlos que era de los pocos que conservaba cierto grado de lucidez y la observaba con sus ojos tristes. Nunca había otros acompañantes. Paula se acercó a su madre y le dio un tímido abrazo, como con miedo de romperla si la apretujaba con fuerza.

- “Estás desabrigada, m’hija.” Le dijo, “¿Qué te trae a visitar a una vieja como yo?”

- “Vine a merendar, como todos los domingos.”
- “Como todos los domingos.” Dijo su madre asintiendo lento. - “Traje bizcochos.” Dijo Paula intentando sonreír.

    Paula acomodó una silla para ella y colocó una pequeña mesa entre las dos. Apoyó en esta la bolsa de la panadería y reparó en el aspecto de su madre, que la miraba con una candidez inapropiada. Se había acostumbrado con los años a sus arrugas pero nunca había podido superar ver su pelo gris, que tanto había cuidado siempre. A su madre no parecía importarle. Lo que no había cambiado eran sus inmensos ojos esmeralda con tintes anaranjados. Paula creía que su madre tenía los ojos más hermosos que jamás hubiese visto, aunque ella no los había heredado.

- “¿Cómo está tu hermano?” preguntó

Paula tragó saliva. Siempre creía que esa vez no tendría que escuchar la maldita pregunta, pero era una esperanza fútil. No le diría la verdad. Hoy era su día, no iba a darle el protagonismo a su hermano como cada vez que contestaba con honestidad. El ciclo de la incoherencia triste no se repetiría. Ya tendría tiempo para eso.

- “Bárbaro. Viste como es él, anda lo más bien.”

Su madre sonrió y Paula suspiró casi que imperceptiblemente y sin darse cuenta. 

    Paula sabía que a su madre le quedaba poco tiempo, de hecho muy poco y aún así no podía decirle lo que le quería decir, lo que sentía el deber de contarle. Al otro día saldría el avión y no volvería a verla nunca más. Recordaba que su madre siempre le decía: “no dejes de vivir tus sueños por tu madre. Pongo la pata en el avión y voy a donde estés a visitarte.”. Era de las tantas conversaciones repetidas y cuasi delirantes que habían tenido toda la vida. Solo que ahora sí era cierto que Paula se iría, pero su madre no se subiría a ningún avión.

- “Fijate que te traje margaritas.” Dijo Paula en un intento por romper el silencio y salir de su cabeza.

- “No tengo hambre.”
En eso se acercó Sofía, puso la mano en el hombro de Paula y le dijo por lo bajo:

 - “Hace días que apenas come.”

Paula asintió. 

Era como los médicos dijeron que iba a pasar. Ya se habían hecho las seis, en breves se tendría que ir. Si no le decía ahora, no le diría nunca. Su madre se pondría muy feliz, después de todo lo que había pasado, la tremenda oportunidad que había conseguido Paula le cambiaría su vida para siempre. Tenía que decirle, luego de una vida de amargura, darle la alegría del final.

- “Mamá...”
- “¿Qué, m’hija?”
- “¿Cómo era todo cuando te viniste a vivir a Montevideo?”

No pudo evitarlo. Era uno de los tantos temas de los que su madre podía hablar sin parar, siempre diciendo lo mismo. Paula ya lo sabía: su madre hablaría de las dificultades que atraviesan los estudiantes del interior, de cómo tenía que tomarse varios ómnibus hasta la facultad, de cómo sus hermanas le robaban la ropa y le comían el pan recién traído de la panadería. Recalcaría lo tedioso que era hacer los trámites, que llevaba varias horas de fila y que qué fácil se había vuelto todo para la época en la que Paula había sido joven. No era que Paula ya fuese vieja, pero ella había dejado de pensarse como joven hace mucho tiempo.

    Paula siguió sacándole tema tras tema: su divorcio con su esposo, el padre de Paula, su vida en el pueblo de Durazno, el alcoholismo de su propio padre y la firmeza de su madre, las recetas de su abuela y la huerta, el almacén de su padre en el que había pasado su ya remota infancia. La madre de Paula no se cansaba de hablar de esto, parecía recobrar esa vitalidad que ya había perdido y su vieja juventud se asomaba entre su sonrisa aunque sea por unos minutos, consecuencia de la alegría inmensa que le daba el solo hecho de estar con su hija. Paula nunca supo todo lo que su madre llegó a quererla.

    Una conversación llevó a la otra, y entre trivialidades el escurridizo tiempo hizo lo suyo y se esfumó rápido, justo cuando se volvía más preciado. Había llegado la hora de la cena en el residencial. Paula siempre se iba a esa hora.

- “Me tengo que ir.” Dijo Paula. No quiso darle el doble sentido que notó con un nudo en la garganta.

- “Sí, vaya m’hija. Tu madre no te molesta más.”

Paula se levantó y esta vez sí apretó con fuerza a su madre, que seguía sentada. Paula le dijo que la quería y notó que no se lo decía desde que era una niña.

- “Hasta el domingo que viene. Prendete el saco antes de salir.” Le dijo su madre.

Paula asintió sin mediar palabra y se fue lo más rápido que pudo. Sofía le abrió la puerta con compasión.

    Paula se preguntaba si el aire helado que chocaba con su cara podría congelarle las lágrimas. Caminó con una vehemencia irreal sin girarse a ver que su madre la saludaba desde la ventana, como todos los domingos, hasta ese, desde hacía años.

 


 

El barquero de Hoian

 

    Nunca habría imaginado que volvería a ver su cara rechoncha. Menos allí donde estaba, a donde había ido para escapar de todo, inclusive de ella. Leonor, así se llamaba su ex esposa, parecía igual de sorprendida, pero no dijo nada mientras subía a su barcaza sutilmente emparchada. Su acompañante era un hombre un poco mayor pero se notaba que cuidaba de su físico y que tenía plata. No hacían una buena pareja aunque, antes de empezar a inventarse verdades se le ocurrió que ellos tampoco lo habían hecho. Por lo menos todo era pacífico, en aquel entonces. 

-“Va a ser el tour completo.” Dijo el acompañante. 

    Demóstenes Comesano empezó lentamente a remar por las aguas del río. No podía sacar sus ojos de sus dos pasajeros por más bella que fuera la ciudad vieja de Hoian. Él la veía todos los días. 

-“¿Qué nos recomienda hacer aquí?” Preguntó el hombre 

-“Me imagino que ya habrán recorrido nuestra ciudadela.” 

-“¿Es usted rioplatense?”
-“Sí. Uruguayo.” 

-“Nosotros también.” 

    La mirada de Demóstenes se clavó como una lanza en su ex esposa, más de lo que jamás sería apropiado para un extraño. Esperaba un breve encontronazo que le diera una certeza inefable sobre el desencanto de Leonor con ese viejo con el que iba, una señal de que estaban en algún tipo de entendimiento. Ella solo miraba las fachadas amarillas enflorecidas a la luz del sol de atardecer inmutable con su indescifrable rostro pecoso que se escondía bajo su sombrero. El acompañante no pareció notarlo, aunque le incomodaba el silencio con su extraño compatriota. 

-“Qué casualidad, de Uruguay para todo el mundo”. Dijo el acompañante 

-“Es así.” 

    El remo pesaba más que nunca en la mano de Demóstenes. Se preguntaba si sería lo suficientemente pesado para herir fatalmente a alguien o solo causaría lesiones leves. Quizá tendría que haber traído su navaja. 

-“Es usted un hombre fuerte.” Le dijo el acompañante mientras se secaba el agua que Demóstenes le había salpicado torpemente al golpear el río con su remo. 

No estaban lo suficientemente lejos de tierra firme como para que no pudieran nadar hasta allí. Aunque una sumergida con pérdida de conocimiento sí podría ser fatal. La cárcel vietnamita sin dudas sería peor que la uruguaya, por lo que Demóstenes empezó a repasar en su cabeza su conocimiento de leyes de extradición hasta que fue interrumpido por un grito. 

-“Cuidado, imbécil.” Vociferó un experimentado barquero. 

-“Son imprudentes, estos vietnamitas.” Dijo el acompañante por lo bajo, como si el barquero pudiese entenderle. 

Demóstenes no contestó. Le irritaba que este hombre intentara caerle bien después de todo lo que había pasado, aunque él probablemente no supiera nada. No tenía ese derecho. Él no había visto el rostro de Leonor cuando le dijeron que murió su padre. 

    El silencio iba in crescendo mientras se alejaban de los lugares de embarque principales y del común recorrido turístico. Demóstenes notó que el acompañante lo miraba y era porque estaba sonriendo. Estaban ya pasando la isla en la que se encontraba el hotel de lujo “Memories”, donde usualmente se terminaba el recorrido completo. Todo parecía posible lejos del barullo ensordecedor de la turística ciudad vieja, aunque lo que jamás daba tregua era ese calor insoportable del Sudeste asiático. 

-“¿Hace mucho que es usted barquero?” Siguió indagando el hombre. 

-“Lo suficiente.” Contestó Demóstenes. Salpicando con agua esta vez a su exesposa. 

Demóstenes agarró el remo con firmeza. Miró hacia los cuatro costados y confirmó que estaban ellos tres solos salvo por unos pocos pájaros camino a buscar refugio después de que atardeciera. El bote seguía moviéndose por la inercia. El sol resplandeció en la cara del acompañante: la oreja, pensó Demóstenes, iluminada justo en ese instante providencial es donde asestaría el golpe. Tendría que ser allí, primero él y luego lidiaría con ella, los dos morirían si y luego se entregaría, no importaba. Levantó el remo del agua y se puso rígido, los gemelos contraídos con fuerza, sus músculos isquiotibiales, el abdomen y el dorsal ancho en la espalda todos estrujando su esqueleto paralizado. Cambió su agarre de la madera y con eso se convirtió de remero a bateador en ese instante elegido y avalado por Leto el dios del sol. El insulso Demóstenes se transformó en villano. 

-“Entonces sabe que tiene que dar la vuelta aquí, ¿verdad?”
-“Es así.” Dijo Demóstenes.
Quedó en unos segundos como en un trance, mirando el horizonte. Juró que desde 

Hoian podía ver la costa de Montevideo. Agachó la cabeza e hizo lo pedido. A la vuelta no volvió a salpicar a los pasajeros ni a sonreír. Cuando llegaron al punto de desembarque el hombre le propició una cuantiosa propina y le agradeció por el recorrido extendido. Demóstenes practicó una reverencia adecuada y agradeció a la pareja mientras se marchaban, mientras miraba los rasgos asiáticos de la mujer que nada tenían que ver con los de su ex esposa.

    Dicen que así pasa sus días el barquero de Hoian, al que nunca más vieron en Uruguay ni saben dónde está, y que en cada viaje sueña con la misma secuencia fatídica solo para fracasar en el intento. Todas las noches se acuesta meditativo en su cuartucho precario en la otra punta del mundo que conocía, pensando que algún día finalmente lo logrará. 

Friday, December 2, 2022

La tristeza infinita del dolor menos importante.

 Escribo esto horas después de que Uruguay haya quedado afuera del Mundial. Los sentimientos son muchos, una explosión de sensaciones que brotan todas a la vez disputándose el protagonismo. Si el fútbol es el opio de los pueblos, muchos estaremos fuertemente intoxicados.

Cómo es que algo tan aparentemente banal puede destruir en noventa minutos a todo un país que se alínea en fila india atrás de un esférico, no seré yo el que lo describa. 

No sé qué tengo para dar ahora, solo sacarme una minúscula fracción del dolor que me deja la trivialidad de la pelota. Porque pita el juez y la gente va a trabajar, y los presos siguen allí y los que tenemos examen debemos agachar la cabeza y seguir estudiando. Porque la vida sigue y nos ocupa tanto como para estar pensando en lo que no nos afecta y no podemos cambiar. 


Podemos hablar y muchos lo harán de todo lo que hizo mal Uruguay como para quedar afuera, transformar nuestra idiotez colectiva por el fútbol en un enojo gigante y circo que deviene en lo peor de las sociedades. Lo cierto es que el aire intelectualoide o teatral que podemos adoptar es un recurso totalmente ineficaz para lidiar con la tristeza que siento en este momento. 


Este escrito no está ordenado porque no es mi intención lograr nada. La expresión desde el lugar más puro, porque no puedo hacer un gol, lo único que sé es escribir. Es un intento inútil por sacarme un poco este lastre redondo que me hunde cuando tengo cosas importantes de las que debo encargarme. No busquemos conclusiones ni formulemos hipótesis, ni compremos humo a un precio que no lo vale. Puedo escribir veinte páginas si quiero. Lo único certero es que Uruguay quedó afuera del Mundial. 


Si el fútbol es el opio de los pueblos, necesito rehabilitación. Por lo menos, hasta que vuelva a jugar la Celeste. 

Friday, August 5, 2022

Milagros.

Este cuento obtuvo el tercer lugar en el concurso "Historias de resiliencia", organizado por Biblioteca Nuestros Hijos. 

Sentado en la cama miraba tristemente el suelo gris. Sus pies paralelos, rodillas 
y brazos tatuados no lo confortaban. Le habían dado una paliza a su hermano, que también estaba allí. Siempre había sido así, silencioso escarnio para gente como él, desde el turbulento nacimiento hasta la temprana muerte, siempre de la misma forma.

No recordaba haber hecho la marca en la pared ese día. O el anterior. Ya las
rayas no tenían sentido hace tiempo, aunque sabía que iba a salir eventualmente.
Vio que entraba un rayo de luz desde la minúscula ventana enrejada contra la esquina. Se levantó con dificultad y puso su cara en el sol. Tenía frío.


Ya hace semanas que había visto a su hija Milagros en la visita. Había venido con su abuela Mirta. Llevaba puesta esa campera rosada que él le había regalado hace tiempo. Ya le quedaba chica, pero sospechaba que Mirta se la ponía a propósito para que se quedara contento. O para que su hija lo recordara. Difícil que
le regalara algo ahora.

Tocaba en su bolsillo el corte que tenía guardado. Era un simple pedazo de
vidrio pero sería suficiente, un portal a otra galaxia en donde eran todos iguales, sin perros enjaulados ni lobos pretendiendo ser ovejas. Vio justo a su compañero entrar cabizbajo, con algún que otro moretón en la cara. Él también los tenía aunque ya estaban mejorando. “No es nada” le había dicho a Mirta cuando ella vio su cara.
Nunca era nada allí adentro, todo era posible hasta que se volvía probable y,
cuando alguien quería acordar, se había vuelto un hecho.

Probó el corte dentro del bolsillo con su dedo pulgar. Sintió dolor y miró: sangre. Su corazón aceleró su ritmo ante el descubrimiento de que sí sería suficiente. De que el hecho de irse de allí para siempre había empezado a ser algo real y que tenía su salida en el bolsillo. Cerró los ojos y apretó los puños para luego suspirar.
Empezó a respirar rápido, con la concentración de un corredor de cien metros antes de la carrera. Tendría que hacerlo de noche, pensó, con la fría consciencia de quien trama algo terrible. Si algo salía mal, lo encontrarían recién a la mañana y ya sería tarde.

Miró sonriendo a su compañero que lo estaba mirando. Este no entendió lo que significaba ese rasgo perdido que nos alarga la boca y nos achina los ojos. Ese simple gesto que no estaba prohibido allí dentro pero era hasta ofensivo, obsceno.

- “Qué te pasa” dijo su compañero en tono agresivo. No era una pregunta.



Solo una densa oscuridad entraba ya a esa hora por la ventana. La luz de las
estrellas no calentaban y él seguía con frío. Su compañero estaba dormido, o al menos dado vuelta, nunca se podía saber. Sacó el corte de su bolsillo y lo apoyó delicadamente en su mano, con un miedo delirante a cortarse. Miró su cara en el reflejo del vidrio. Estaba barbudo y ojeroso. Si se hubiese visto a sí mismo cuando era un niño se escondería detrás de su padre por miedo al hombre malo. Quizá su
padre había sido igual a él. No se acordaba.

Se la había pasado varios minutos abrazando a su hija aquella última visita. Milagros entendía poco del mundo a su edad, aunque con su picaresca astucia infante alguna cosa había de comprender. Había perdido un pedazo de alma de niño: esa candidez que coloca a los padres en un pedestal, Milagros ya lo había
perdido.

- “¿Cuándo te veo de nuevo, papá?” Le había dicho.

Él no lo sabía. Fue ese el día en que Mirta le llevó el corte escondido, pensando que lo necesitaba para defenderse.

-“ ¿Cuándo volvés a casa?” Le dijo luego.

Él no se había animado a contestar.

- “Falta. Te dije que no preguntes más eso.” dijo Mirta.

Volvió a mirarse en el corte y se preguntó si su propia hija le tendría miedo. Capaz que por eso le preguntaba cuándo se iría, porque quería que se quedara allí para siempre. Cerró los ojos mientras una nube negra lo envolvía sin pedirle
permiso. Sintió el dolor de siempre en la columna, de cuando el milico lo había reventado con un palo. Él solo había querido salvar a su hermano, pero todo había ido mal desde allí.

No pensó que sería tan horrible cuando entró. Había sido por una buena causa. Había impedido que su hermano, que proveía para la familia y para Milagros, cayera dentro de ese pozo sin fin, aunque no lo había impedido para siempre. ¿De qué
servía un inocente como él, sin ingresos, afuera? De nada si su hermano dejaba de traer la comida. El día que finalmente entró su hermano fue que todo se volvió cuesta arriba. Tenía problemas con algunas personas, y pronto se descubrió el lazo
familiar.

- “Dice el pediatra que no crece como debería.” Le había dicho Mirta en la visita.

“Difícil que dé la comida con mi hermano acá adentro.” había pensado. Su hija lo había mirado con los ojos grandes e inocentes, con el pelo enrulado cayéndole a los lados. Él notó que su camperita rosada tenía un poco de mugre en la manga.

-“Esos pediatras no saben nada.” Dijo él

Su hija había esbozado una tímida sonrisa y él la levantó y la giró por los aires como solía hacer. La sonrisa de su hija hidrataba su alma con gotas de una luz purificadora.

Miró el corte de nuevo y lo dejó caer. No importaba cuantas golpizas tendría que aguantar, cuanto maltrato, humillación o desesperanza. Seguiría viviendo por la sonrisa de su hija Milagros, por poder levantarla cuantas veces quisiera una vez que
saliera de allí, por poder comprarle una camperita más grande. Se acordó de golpe que mañana era el día en que vendrían Mirta y Milagros a la visita. Se acostó en su cama con una extraña paz que poco duraría. Sin miedo de despertar a nadie, con la imprudencia incoherente demencial de un loco feliz, se puso a cantar bajito.


Wednesday, July 20, 2022

La triste existencia del burócrata Martín.

 Martín Dolape se levantaba bien temprano todos los días. No se le hacía fácil, para nada. Atrasaba varias veces la alarma y luego de dar algunas vueltas en la cama de dos plazas que solo él ocupaba, se arrojaba al suelo y así empezaba los días. Desayunaba como podía el café asqueroso que le pasaba por su dolida garganta carcomida por el reflujo.

Lavarse los dientes se le hacía eterno porque le costaba mirar su cara envejecida en el espejo. Él había sido rubio de chico pero ahora era pelado, aunque se ofendía si alguien lo decía. Cuidaba sus pelitos en la frente como si fuesen oro. Tenía ojos celestes y pensaba que de joven había sido lindo, pero no era cierto.

Llegaba al trabajo siempre unos minutos tarde. Entraba corriendo al hospital universitario público en el que trabajaba y luego de atravesar los pasillos se metía jadeando a la oficina.

-“Buenos días.” Decía con la lengua para afuera, con su voz ronca del reflujo nocturno.

Se armaba el mate aunque el médico se lo había desaconsejado por la gastritis crónica que tenía. No podía vivir sin el mate. Apoyaba su culo en la silla frente a la computadora todos los días, en un pequeño antro pensado para dos personas pero habían cinco. Al menos entraba algo de luz.

Antes de prender la pantalla volvía a mirar su rostro en el reflejo. Siempre se acordaba: al lavarse los dientes y antes de prender la computadora. Parecía que cada vez que se observaba, el peso de su edad y su potencial desperdiciado lo aplastaban como él a las cucarachas de su casa.

Al lado de él se sentaba Aldana. Ella era joven y estaba llena de energía, su presencia hacía que hasta dejen de pensar que los hongos de las paredes eran tan horribles. Martín pensaba que estaba buena. Hasta había intentado coquetear con ella un par de veces. Alguna sonrisa ingenua y cortés de Aldana había encendido la luz de la esperanza, hasta que un día el novio la había ido a buscar allí al trabajo. Se había presentado ante todo el mundo. Era alguien como ella, con vida, ambos irradiaban juventud y esperanza. Martín no lo sabía pero Aldana lo había llevado a propósito, para dejar en claro los tantos.

Siempre alrededor de la misma hora en la mañana, se escuchaba la voz de Flordelicia que le pedía ayuda.

-“Martín, vení que tengo algo de números.”

Esa era su fama. Se ponía colorado por lo bajo. Consideraba un honor que la encargada lo tuviese en tal consideración, pero también quería hacerse desear.

-“Estoy ocupado. Voy en un rato.”

Siempre le contaba a sus sobrinos que de chico le había ido mejor que a su hermano Pedro en matemáticas.

-“Ustedes lo ven así ingeniero como es, pero en la escuela el tío hacía todo más rápido.” Les solía decir. “¿No es cierto?”

-“Claro. No saben lo que era su tío Martín, una bestia.” Decía Pedro sin maldad.

Martín se irritaba un poco. Él escuchaba dentro de sí la pregunta obvia pero que nadie hacía: “¿Y entonces qué te pasó?”

Era verdad que Martín pintaba bien de niño, y hasta llegada la adolescencia. Sus padres tenían esperanzas de al fin tener un hijo médico, pero por suerte murieron antes de que él terminara el liceo. Tampoco supieron lo bien que le había ido a Pedro.

Martín se llevaba bien con su hermano aunque la envidia le impedía quererlo como se quiere a un hermano. Nunca se dio cuenta de que Pedro era la única persona que realmente lo quería, la única persona que veía valor en él, incluyendo al propio Martín. Pedro pensaba que Martín realmente era inteligente, y conversaban de los últimos avances de la inteligencia artificial y la tecnología. Martín no entendía mucho pero asentía y seguía la corriente.

-“En unos años, hasta el cirujano más experto puede ser reemplazado por las máquinas.” Decía entusiasmado su hermano Pedro, “¡Nadie está a salvo! Evidentemente algunos tienen mayor riesgo, como... como los cajeros del súper.”

Pedro siempre hacía esa pausita. Martín sabía que quería decir que su trabajo era muy automatizable. Hasta era consciente de que debía de ser plausible de automatizar en el momento presente. Si le preguntaban, Martín largaba que trabajaba en el hospital. Le gustaba ver la cara de la gente al dar la impresión de que era médico, lo que sus padres hubiesen querido, aunque fuera por dos segundos hasta que se veía obligado a admitir que en realidad era un burócrata. Él usaba la palabra “administrativo”, aunque no era del todo sincero. “Burócrata” era más adecuado.

Le aburría bastante ayudar a Flordelicia, aunque la estima le gustaba. Su momento favorito del día era atender a la gente que iba a la oficina a hacer trámites. Recordaba especialmente a un muchacho que fue un día para poder firmar el contrato para su primer trabajo. El muchacho entraba a trabajar como docente universitario, en la carrera de medicina.

Martín miraba los formularios detenidamente, en busca del más pequeño error. El papel tenía la firma y sellos correspondientes y la información correspondientes. El muchacho sonreía tranquilo mientras que Martín se frustraba al no encontrar errores hasta que vio algo fuera de lugar: faltaba la fecha. La fecha de ese mismo día.

-“No tiene la fecha, sabés. Vas a tener que conseguir que el responsable del servicio te coloque la fecha y te firme de nuevo.”

-“Me acaba de firmar el papel. Le pongo la fecha ahora.”

-“No. Te tienen que poner la fecha en el servicio.”

El muchacho insistió pero fue inútil. Martín lo combatía pensando en la envidia que le tenía a su hermano y el rencor que le tenía al mundo. Veía en el muchacho todo lo que sus padres hubiesen querido y él no era, por lo que le tiró encima toda su miseria y le dijo que debía de volver otro día.

El muchacho se fue cabizbajo, sin decirle nada. Martín festejó por lo bajo cuando se fue. Gozaba de tener ese minúsculo pero no menospreciable poder, el de lograr trancar, hacer perder tiempo, aunque sea un mísero día, a las personas que no eran todo lo que él era: un fracasado. Coleccionaba una libreta bajo su escritorio, anotaba el tiempo que le robaba a aquellos que construían al mundo a su alrededor. Aldana lo miraba sutilmente con desprecio y a Flordelicia le chupaba un huevo.

Llegar a su casa en la tarde no era un alivio. No tenía con quien salir a tomar un café en invierno, o disfrutar de los parques en otoño y primavera. Al lado de la taza sucia de café que no había levantado de la mañana, se encontraba la botella de whisky de la noche anterior y un pequeño vasito. Sacó de un cajón otra botella de buen whisky, ya que era en lo único que gastaba. Se sentaba todas las tardes en su pequeño comedor y brindaba solo:

-“Por el pelotudo que tranqué hoy por no tener la fecha. Salú’.” También hablaba solo.
-“Tendrías que haberle visto la cara. Por no tener la fecha de hoy lo

tranqué. Le dije que había un vacío legal por si tenía un accidente laboral. ¡Un accidente laboral! Da clases por zoom el pelotudo.” Decía estas cosas y se servía otro vaso.

-“Salud.” Decía.

Hasta que una noche luego de un día miserable dentro de alguna de las tantas semanas inmersas de monotonía, Martín murió en la noche. Se despertó acostado en su cama semi vacía con un dolor de pecho insoportable. Estaba nervioso y sudando. Nunca le había pasado algo así. Atinó por reflejo a tomar su celular y llamar a la emergencia. Lo atendieron rápido.

-“Novecientos once, ¿en qué lo puedo ayudar?”
Martín no contestó. La muchacha del otro lado del teléfono insistía. -“Dígame aunque sea dónde está. ¿Me contesta? ¿Hola?”
Martín no contestó más y cortó el teléfono. Se dio cuenta de que no podía 
despediciar la oportunidad. Cerró los ojos y aguantó el dolor como pudo hasta que su corazón dejó de latir. Fue el momento más feliz de su vida.

Saturday, February 19, 2022

La reunión. (Vidas comunes IV).

Sereno caminaba tranquilo por el pasillo arbolado. Miraba el suelo y pateaba las piedritas, era un domingo cualquiera de algún momento cualquiera pero con un sol que era el único, el de siempre. Ese día la gente común estaba reunida. 

 

Sereno miró con curiosidad a Felisberto, “qué tipo raro” pensó. Era un pensamiento poco habitual y hasta casi que invasivo en alguien que acostumbraba a observar sin juzgar, una suerte de “se mira y no se toca” pero de la vida: “se observa y no se juzga” pensaba Sereno. Sin más siguió caminando hasta que se encontró con Ileana y Flora: estaban al lado. Sereno no hablaba pero fruncía un poco el entrecejo y salió a buscar a Olga, solo para notar que se encontraba en la otra punta del recinto. Sereno estaba acostumbrado pero igualmente suspiró porque le parecía injusto que Flora tuviese que aguantar a la insoportable de Ileana. No había mucho que él pudiera hacer.

 

Sereno giró a la derecha y emprendió la marcha en un corredor perpendicular entre los pinos que daban sombra. Se frenó al encontrarse con Mario. Sereno lo miraba con admiración, ese entrañable chofer de ambulancia que había ayudado a salvar incontables vidas. Igualmente, todas terminaban allí, sin importar si en un momento habían sido joven y vieja como Ileana y Flora, si habían sido raros como Felisberto u honorables como Mario, o serenos como Sereno. El destino invariable de todas las vidas comunes se extinguía y perpetuaba allí bajo la sombra tranquila de los pinos. 

 

Sereno miró el reloj y vio que ya era hora. Se dirigió hacia el gran portón con las llaves en la mano, dispuesto a dejar pasar a la gente que esperaba, acudían solo por un rato, esa vez.

Friday, January 28, 2022

Feliz Felisberto. (Vidas comunes I)

Feliz Felisberto. 
 
No era fácil el trabajo de Felisberto. Si bien no requería de conocimientos sofisticados ni habilidades físicas exuberantes, sí necesitaba de un temple mental singular. Su labor la ejercía todos los fines de semana: formaba parte del engranaje que era la seguridad en los partidos de fútbol. Pero Felisberto no pertenecía a los supuestamente privilegiados, aquellos que permanecían de pie en las gradas y esencialmente disfrutaban del partido. 
 
Felisberto pertenecía a otra cepa. Él debía implantar sus pies en el mismísimo pasto. De espaldas al espectáculo: era su deber vigilar a la bestia a veces salvaje alojada en las tribunas. 
 
La gente lo miraba con muchos ojos. A menudo con indiferencia, como un árbol más dentro del bosque. Otras veces con desdén, como suele suceder con figuras posiblemente coercitivas. Aún así, el sentir más habitual era el de una profunda lástima, acompañado en algunos casos por una admiración profunda. Estos seres empáticos no conseguían descifrar cómo Felisberto podía soportar su situación. Paradojalmente cruel, Felisberto estaba ubicado en el más sagrado de los lugares, con sus gastados zapatos sobre el césped. No obstante, el acceso a este punto traía consigo el deber de no mirar el partido. Miles de personas se habían trasladado y desembolsado una considerable suma de dinero para estar ahí, y tantos otros pagarían fortunas por el lugar de Felisberto, si tan solo pudiesen hacer algo tan simple como darse la vuelta. 
 
Felisberto comprendía esta visión, a veces transmitida a su persona en algún asado, pero no la compartía. No solía dar muchas explicaciones, simplemente asentía con su simpatía habitual y hacía el papel de desdichado. Se rumoreaba que de tanto en tanto le obsequiaban valiosas entradas, que Felisberto amablemente rechazaba, o para no quedar mal, aceptaba y simplemente no usaba. 
 
Lo que el resto de los mortales no asimilaba es que Felisberto contemplaba su propio espectáculo. Por allí, en la tercera fila un tanto a su izquierda, una familia solía tomar mate. Tenían maquillajes elaborados, gorros, las últimas camisetas y una corneta insoportable que le habían dado al niño chico a capricho. Antes de que empezara el partido los niños se volvían incontrolables y correteaban por ese mundo de escaleras pintadas como si no hubiera mañana. Un tanto más alejado, en el mismo plano que Felisberto, a la altura del decimoquinto anillo (los conocía de memoria) se sentaba un hombre mayor solo con su radio. Felisberto lo observaba detenidamente y no estaba seguro de que este tuviese alguna capacidad visual, pero aún así allí estaba. En la primera fila, un pelín a la derecha de Felisberto, una pareja joven miraba el partido con concentración. Ya conocían y saludaban a Felisberto por su nombre, una suerte de comunidad vecinal que el tiempo y la constancia habían engendrado. A todas estas y otras personas Felisberto observaba los fines de semana, incansables hinchas. 
 
Además, no era del todo cierto que Felisberto se perdía el espectáculo sobre el césped. Él observaba detenidamente las señales que de forma indirecta lo ponían en la cancha. El padre de la familia puteaba a los cuatro vientos, seguido de una mirada fulminante y fútil de su pareja para que pensara en los niños. Esto no indicaba nada del resultado, ya que lo hacía todos los fines de semana. Los hijos ya conocían cada palabrota habida y por haber. Cuando una gurisa que se sentaba atrás del todo se agarraba la cabeza es porque el partido andaba complicado. El viejo de la radio apenas se movía, pero sus sutiles muecas eran un fiel indicador de lo que estaba pasando. El muchacho de la pareja que estaba cerca de Felisberto estaba siempre preocupado y aumentaba la frecuencia de las cebadas a medida que pasaba el tiempo, sin importar cuánto marcase el tablero electrónico.
 
Aún así, todo este espectáculo paralelo era tangencial para Felisberto. El instante en el que todo valía la pena era el gol. Este era el verdadero festival que este hombre atesoraba en sus recuerdos. Nadie era indiferente ante el gol. Saltos, revoloteo animal de los brazos, abrazos para acá y para allá y cómo no mencionar el sagrado grito a los cuatro vientos, o a la cantidad de vientos que existan y alguno más. Felisberto veía con curiosidad como un señor de camisa, que casi nunca venía pero siempre lo hacía solo, por allá en el quinto anillo se abrazaba con gente cualquiera. Los botijas de la familia de la tercera fila aumentaban su hiperactividad habitual por unos cuantos minutos luego del gol, pero era el único momento en que eso no parecía importarle a sus padres. El viejo no se movía pero pasaba de su tímida mueca a la verdadera sonrisa, con todo el esplendor de la misma. Esta contagiaba sin piedad a Felisberto, que intentaba disimular su felicidad cuando lo veía pero era difícil. Al fin y al cabo, todos los fines de semana, Felisberto miraba su partido.


Esto fue lo que pasó en la librería

Nadie  sabía qué era lo que sucedía en la librería. Yo fui solo una vez y no me pareció nada del otro mundo, pero sé que hay gente a la que ...